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viernes, 11 de enero de 2008

MEMORIAS QUE SE RECUPERAN

Contrario a la opinión general, nuestro defecto como nación no consiste en la desmemoria sino el descreimiento; no concuerdo con Ingrid Betancourt cuando en su prueba de supervivencia (un video casero hartamente divulgado los últimos días que usan para promocionar el especial periodístico titulado Colombia Viva y que pretende hacernos recordar lo que quisiéramos nunca hubiera sucedido) se lamenta de que a los colombianos se nos haya endurecido el corazón. Ni lo uno ni lo otro: las multitudinarias marchas que se han llevado a cabo no sLlo en Bogotá sino a lo largo y ancho del territorio nacional clamándole a la guerrilla la liberación de los secuestrados son muestra irrefutable de una solidaridad que difícilmente nos excluye de su calamitosa situación. La memoria periodística de los principales sucesos de los últimos veinticinco años, además de cumplir su objetivo -llevarnos a la recordación- nos da algunas luces para entender un poco esa actitud defensiva que consiste en ignorar hasta donde sea posible las consecuencias de una violencia histórica que se inició en los campos, se nutrió en los odios partidistas de mediados de siglo y terminó por convertirse en el más condenable terrorismo que hoy nos flagela. Incluso uno alcanza a comprender (pero nuinca a justificar, claro está) la profunda desconfianza que las guerrillas de las FARC y el ELN le guardan a la clase gubernamental. Dos ejemplos son suficientes. Sobre el exterminio de la Unión Patriótica nadie se ha pronunciado: los asesinatos permanecen en la impunidad y la investigación sobre ellos (si acaso está en curso) se encuentra enfangada en los juzgaods o sepultada bajo mamotretos de expedientes. Por otro lado, el proceso de paz que llevó a la desmovilización del M-19 -proceso que culminó en la fundación del partido político AD-M19, movimiento que poco a poco fue despedazado porasesinos de ultraderecha- la única garantía que les ofrece es el incumplimiento por parte de gobiernos pasados de lo pactado y su posterior exterminio, que nadie se ocuparía en esclarecer, siquiera en investigar.
El último cuarto de siglo de historia colombiana ha sido escrita con sangre: de héroes, de mártires o simples víctimas anónimas del conflicto. Cinco períodos presidenciales -desde Belisario Betancourt hasta Andrés Pastrana- aportaron poco o nada a la pacificación del conflicto; contribuyeron, en cambio, a agravarlo. Por eso no es fortuito que mi generació se muestre reacia a la política; menos aún lo es la actitud aparentemente indiferente hacia los flagelos del secuestro y el terrorismo. Hemos sido solidarios con los rehenes y sus familias al llenar plazas vistiiéndolas de blanco con pañuelos y pancartas como para que hoy se nos tache de indolentes. Hemos hecho lo humanamente posible para su liberación, hemos hecho lo qeu nos corresponde como ciudadanos y como seres human0s que comparten una tragedia común, nos hemos pronunciado de mil maneras y expresado en todas las manifestaciones habidas y por haber. Y habiendo agotado las posibilidades, nos resta esperar lo que puedan hacer nuestros representantes democráticamente elegidos.
Si bien es cierto que el legado de los últimos presidentes no ha sido tan grato, también lo es que tal increencia y tal desconfianza se ha rescindido con el actual gobierno. Alvaro Uribe Vélez ha salvado de un saldo negativo la historia política más reciente: fue él quien nos devolvió la confianza perdida gracias a su férrea actitud hacia las guerrillas y a su bien organizado sistema gubernamental que, literalmente y sin caer en desaforados optimismos, le ha dado un rumbo al país. El presidente Uribe se ha inscrito en la historia colombiana con tinta imperecedera, además de su reelcción, por instaurar un orden que recibió en entredicho. En ese momento a las puertas de un fracasado proceso de paz, los candidatos presidenciales tuvieron que capitular ante las FARC su eventual elección acordando continuar un diálogo ambiguo que se dilató por muchos años, pero sólo Uribe Vélez rotundamente se negó a firmar papeles con la guerrilla. Con eso se ganó mi repeto y mi voto, y no sólo el mío, sino el de millones de colombianos que no vacilaríamos en reelegirlo de nuevo. Fue en ese instante, cuando el entonces candidato definió sin ambages lo que sería la médula de su proyecto de gobierno, la política de Seguridad Democrática, donde el descreimiento típico del colombiano común y corriente se transformó en convicción cercana al fanatismo. La memoria de veinticinco años atrás, lejos de decepcionarnos, nos llena de renovados ánimos para continuar con un clamor que hasta ahora comienza a rendir sus frutos más apreciables: hace unas horas, con gran despliegue periodístico tanto nacional como internacional, Clara Rojas y Consuelo Gonzalez de Perdomo fueron liberadas. El corazón endurecido al que Ingrid Betancourt se refiere, cuando sea liberada, verá que se ha reblandecido gracias a un gobierno "de mano firme y corazón grande"que, esperamos, se lance a un nuevo periodo presidencial. Con Uribe, hoy más que nunca...

sábado, 5 de enero de 2008

SETECIENTAS LETRAS

Sólo la absoluta semejanza de setecientas letras de un código genético es lo que se nacesita para garantizar la buena voluntad que se disputan hombro a hombro el gobierno colombiano y la guerrilla y sus simpatizantes. Un niño guarda en su naturaleza la credibilidad que al gobierno tanto le ha costado defender y a la guerrilla tanto le ha costado recabar frente a la comunidad internacional.
El presidente Uribe excepcionalmente se jugó su prestigio ante el mundo cuando hace días reveló la probabilidad de que Emmanuel no estuviera secuestrado sino en un hogar de paso del Estado. Y eso ya hace dos años. La guerrilla, a través de sus voceros internacionales, negaron tal posibilidad arguyendo que, en efecto, ellos tenían al niño y que el gobierno, con tales argucias, estaría orquestando la existencia de dos Emmanuel. Así las cosas, la cuota de credibilidad de ambos bandos está sobre el tapete: sólo se precisa una prueba genética para desmentir a uno y ratificar a otro. Pero, a diferencia de lo que se piensa, la prueba es lo de menos: hay quienes dicen que, al no practicarse en la madre secuestrada, la confiabilidad no es del cien por ciento y, por tanto, cabe el beneficio de la duda. Lo verdaderamente importante es que hay un niño en el universo que es el hijo de Clara Rojas, que está en algún lugar de Colombia -ya sea en la espesura de la selva o en un hogar de paso- y que ese niño le dará o al gobierno o a la guerrilla, la confianza de hablar con la verdad.
Dejemos atrás cualquier tipo de coincidencia que se pretenda tejer con relación al niño y las circunstancias del cautiverio y olvidemos las casualidades fortuitas de la entrega en lancha de un crío maltrecho por las enfermedades tropicales porque todo ello puede caer en una inocente muestra de ingenuidad si la ciencia genética dictamina un resultado negativo. Ante una prueba de semejante seriedad (y es bien sabido que nadie en sus cabales puede siquiera controvertir lo que es un hecho científico) no caben alegatos ni demagogias: incluso Chávez reconoció que, si Uribe tenía razón, la guerrilla se vería obligada a rendir declaraciones, principalmente, frente a sus simpatizantes. Y en el supuesto de que el niño sea Emmanuel, la ciencia genética no sólo corroboraría su identidad sino también, de paso y sin quererlo realmente, evidenciará la crueldad con que los grupos armados ilegales operan en Colombia: Emmanuel fue entregado a un campesino que ya mantenía una camada de siete niños y su salud estaba tan seriamente comprometida que fue obligado por su conciencia paterna a llevarlo al hospital. Y en el hospital los médicos, espantados, tuvieron que remitirlo a la capital porque no disponían de los elementos ni los medicamenteos para tratarlo adecuadamente. Los informes médicos fueron leídos el mismo día que Uribe anunciaba su posibel identidad y apenas era concebible el horror que nos causó.
Esa crueldad de la guerrilla con los secuestrados -en los que no difieren si son adultos o niños- es la que aún permanece en la penumbra para una parte considerable del mundo, parte que simpatiza con su "causa" y que incluso vende gorras y camisetas para financiarla. Los países del resto del mundo están enseñados a ver desde la frivolidad del cine comercial hollywoodense la situación de terrorismo y narcotráfico que signa la historia colombiana sin sentir por ello la menor aflicción. Pero aquí es donde ponemos los muertos, aquí donde estallan las bombas y aquí donde consolamos las madres que esperan un video o una carta de sus familiares secuestrados. El gobierno del presidente Uribe se ha empeñado, por todos los medios, en denunciar tales atrocidades al tanto que la guerrilla, haciendo uso de sus contactos, hace lo propio desmintiendo las acusaciones. Uno y otro litigio ha interesado al mundo atrayendo tanto colaboradores como detractores. Sólo un hecho concreto, como el de Emmanuel y su deplorable trato en los inicios de su vida, ere necesario para que ese mundo a la luz de la evidencia tome una decisión y sin más consentimientos exija de la guerrilla la sinceridad de un diálogo de paz o una muestra final de su decisión bélica.
¿Quién tiene la razón: el Estado o la guerrilla? El que tenga a Emmanual, ese tiene la razón.

jueves, 3 de enero de 2008

WELCOME TO THE JUNGLE

¿A qué diablos vino Oliver Stone a Colombia? ¿Es gratuito que Chávez se haya hecho acompañar de un productor de cine en la comodidad de su avión presidencial? ¿Tiene credibilidad o al menos es admisible el escueto pretexto que se eslabonó para justificar su presencia,que era "hacer un documental"? Con Oliver Stone en Colombia nuestra tragedia vergonzosamente adquiere un carácter comercial gracias a las gestiones para nada altruistas de un presidente que ama las cámaras tanto como a sí mismo. En el aeropuerto de Villavicencio y ante noticieros nacionales y extreanjeros lucía con satisfacción su uniforme militar preso en un donaire que quisiera evocar la campaña libertadora y a él como libertador. Los tantos helicópteros, los muchos aviones y el nutrido grupo de veedores internacionales presagiaban que, lejos de ser una operación cualquiera, la operación que Chavez insistió en llamar transparencia y aquí insistimos, con un dejo de dramatismo, en llamar Emmanuel trascendería las barreras de lo formal y se convertiría en un evento digno de las cámaras. Y así pudo haber sido, si la guerrilla no deja al presidente venezolano literalmente con los crespos hechos, como ya lo había dejado en Francia cuando no pudo presentar las pruebas de supervivencia que dijo que llevaría.
Ese espectáculo se veía venir desde el momento en que desglosó en una rueda de prensa los pormenores de la operación: con su particular gracia caribeña y haciendo gala de su habilidad militar rayó los mapas con flechas, nombres y cruces haciendo creer a la opinión internacional que él es el hombre escogido para obrar el milagro que aquí a lo largo de un siglo no hemos podido lograr. Pero lo del productor gringo fue una sorpresa. Estoy seguro que nadie se lo esperaba. No se equivocó quien comparó el operativo de la fallida liberación con un reality donde el único concursante estaba vestido de militar y los grandes dignatarios veedores del proceso se prestaron sin saberlo como público presencial. Todo estaba montado: un helicóptero grabaría con las cámaras de Oliver Stone el evento cinematográfico de la liberación y Chávez, en el papel protagónico, sería ese libertador tan ansiado tantos años en la asfixiante jungla colombiana. Pero no pudo celebrar de esa manera porque no contaba con que la guerrilla, a punta de excusas traídas de los cabellos y que sólo se creyeron ellos, lo fuera a dejar plantado.
La guerrilla, al querer desagraviar a Chávez, le inflingió el peor de los agravios... por segunda vez. Y el agravio para Chávez no consiste en que no se hayan entregado a los secuestrados sino en no haber podido publicitarse ante el mundo como el Bolívar de los últimos tiempos que se pretende. Nosotros no tenemos la frialdad de corazón, aunque sí razones válidas, para impedir su actuación en el escenario humanitario: de haberse opuesto el gobierno, habría quedado ante la opinión internacional como el único responsable del cautiverio de los rehenes y, por ende, como el único obstáculo de la paz. Y eso ya es un costo político demasiado grande para ser asumido. Tuvimos que transigir con el reality de Chávez -con productor de cine y todo-, tuvimos que ceder a las exigencias de una guerrilla que con cada acto terrorista y cada declaración clandestina pierde la poca credibilidad que le queda, incluso tuvimos que ver la escena desde la lejanía (Uribe, según dijo, no fue a Villavicencio a recibir la comitiva temiendo que su presencia entorpeciera la operación) y todo esto con el único objeto de tener a Clara Rojas, a Consuelo de Perdomo y a Emmanuel de vuelta. Lamentablemente la buena fe no coronó esta vez el proceso y los cautivos siguen secuestrados. Incluso está por probarse la identidad de Emmanuel.
En este escenario es inevitable la pregunta: si para liberar a tres Oliver Stone vino, ¿tendrá que venir la crema y nata hollywoodense para que se liberen los cientos de secuestradosque todavía la selva húmeda oculta?...

martes, 11 de diciembre de 2007

BUSCANDO A INGRID

El gesto de Ingrid Betancourt no es referible en palabras: basta con observar su prueba de supervivencia para que todo aquel que se sienta libre de pecado y sin parte de culpa por los setenta u ochenta años de violancia en Colombia deje el confort de su indiferencia y de alguna manera se vea en Ingrid comno en un espejo. No es temerario decir que en su imagen desoladora estamos todos contenidos -la sociedad en general- con una diferencia elemental: ella y los secuestrados de manera infame han tenido que cargar con la culpa nacional del terrorismo mientras nosotros inútilmente nos enfrascamos en debates partidistas sobre la conveniencia de una zona de despeje o el enfangado Acuerdo Humanitario. Lejos esté de mí juzgar a nuestros representantes democráticamente elegidos, lejos de mí condenar sus errores o alabar sus aciertos, pero la verdad está sobre el tapete: los secuestrados sufren en carne viva las consecuencias de la dilación.
Más allá de lo que se ha dicho, más allá del tan mentado Intercambio Humanitario -que ya no representa ningún aliciente para quienes literalmente se están pudriendo en las entrañas de la selva húmeda- lo primero es buscar a Ingrid en sus textos , en lo que su carta dramática dice expresamente y lo que omite sin ir más allá. Su carta acaso no sea más que la expresión del pueblo colombiano que por décadas también ha tenido que vivir entre cadenas arrastrando una incontable sucesión de eslabones que en ella son desdeñable hierro y en nosotros una compleja tramazón de reveses y desavenencias históricas. Por eso es apenas concebible el tono angustiante que destila entre líneas: cinco años de cautiverio mellan la voluntad más robusta como la gota que horada la piedra. Cuando le escribe a su mamá "... aquí estoy escribiéndote mi alma tendida sobre este papel" la metáfora deja de ser literaria y podemos constatar la terrible veracidad de sus palabras al seguir la lectura. Escribe con el alma porque de otro modo es difícol poner en claro lo que se quiere dejar en claro. Y se deja en claro, sin luigar a dudas, que no ha sido fácil su injustificado calvario y que no sólo de pan vive el hombre. En medio de la espesura, del follaje selvático, implora por un diccionario enciclopédico para "mantener viva la curiosidad intelectual" pero acaso no sea más que una ingeniosa treta para pretender que el tiempo no transcurra tan miserablemente. Lo reconoce líneas más adelante: "Como te decía, la vida aquí no es vida, es un desperdicio lúgubre de tiempo. Vivo o sobrevivo..."
No sólo a mí, sino también a muchos que vimos el video, nos costó reconocerla. Nos acostumbramos a verla en plena lid con la rabia en el corazón tratando de cambiar un país. En el congreso, en los distintos escenarios donde le dieran un micrófono, allí le afloraba su rabia y peroraba contra lo que creía estaba mal. En Colombia todo está mal: su tarea, por tanto era ardua. Lo fue entonces y lo es ahora. No imaginaba que sería víctima de tal maldad. Y, más aún, que experimentaría en su ser concreto extremadamente sensible lo irreparable de su país. Sin embargo, incluso el infierno tiene instantes de dicha, así sean fugaces. Su dicha consiste en los recuerdos, esa clase de vida prestada que como narcótico nos absuelve del sufrimiento. La carta está llena de recuerdos: de sus hijos (a los que aconseja estudiar por un mundo en el que "hasta para respirar se necesitan credenciales") de su madre y de su esposo. Pero tales recuerdos encierran un germen de tristeza, esa tristeza desabrida de lo que no será más. Recuerdos ue, como escribe Sartre, son como monedas de oro en la bolsa del diablo: cuando uno las mira sólo encuentra hojas secas. Ingrid degustó su desabridez en la lóbrega quietud de la selva y desconcertantemente escribe: "Aquí todo tiene dos caras, la alegría viene y luego el dolor. La felicidad es trsite. El amor alivia y abre nuevas heridas... es vivir y morir de nuevo." Vivir y morir de nuevo. Ese fatigoso ejercicio le exige fuerzas que la humedad y los estruendos guturales de la noche profunda le arrebatan: "aquí vivimos muertos" y, con las fuerzas, se van las esperanzas. El no al que la tienen sometida, además de las cadenas, termina por doblegar su ánimo aunque su dignidad apenas pueda sostenerse. Tiene que contentarse: con un radio viejo y dañado o una sopa cualquiera de arroz y fríjol. Se aferra a las alegrías que tenía para sobrevivir y no caer en la locura. La carta desborda lucidez, la lucidez puesta a prueba en el peor de los escenarios posibles. Y cuando le dan la pluma sin saberlo le ha dado a la Colombia que una vez se empeñó en cambiar la prueba más convincente de su propósito quijotesco: aún en cadenas, aún cuando todo se está perdiendo ( porque al escribir "he intentado mantener las esperanzas" simultáneamente afirma que las está perdiendo) hay que creer en un país que algún día tenga sed de grandeza. Es en este momento de la carta cuando alcanza, a mi juicio, su mayor elocuencia: "Yo aspiro a que algún día tengamos esa sed de grandeza que hace surgri a los pueblos de la nada hacia el sol".
Esta forma de buscar a Ingrid me ha llevado a pensar en ella. Y con su pensamiento la pregunta me asalta: ¿Cuándo, ¡ay de mí! la tendremos de vuelta? ¿A ella y los demás secuestrados?...

miércoles, 5 de diciembre de 2007

NAVIDAD SIN REGALOS NO ES NAVIDAD

Allá, en el norte, los yanquis celebraron con gran pompa lo que el comercio insiste en llamar viernes negro: las pantallas de televisión no transmitían otra imagen que la asonada de compradores desbordando tiendas y supermercados acabando, como una plaga de langostas, con cuanta oferta se cruzara por su camino. En Hong Kong, cientos de kilómetros a la distancia, la situación no fue distinta: los comerciantes adoptaron sin atender las rigurosas disposiciones de su folklore el calendario gregoriano y tuvo tal éxito su pretensión que vieron, a las puertas de sus grandes superficies comerciales, legiones de compradores esperando que el reloj marcara las doce. En China y otros tigres asiáticos el fenómeno se repitió y el mundo entero cayó en la cuenta que, gracias a una alquimia desconcertante, la navidad es una fiesta indiferente al credo y la cultura y no dura un mes, sino dos. En una brillante estrategia publicitaria -la más eficaz, si juzgamos sus resultados- los gringos hicieron las cosas a su imagen y semejenza y pusieron a girar en torno suyo un mundo ávido por vestirse, hablar, comer, incluso comportarse, a lo occidental. Es necesario transigir en sus términos, hay que pensar en inglés, y concebir una empresa bajo los estatutos de la competitividad; incluso nos enseñaron la ciencia mistérica del merchandising donde los yuppies de hoy -petímetres de universidad costosa- ensamblan altisonantes discursos con clichés traidos de los cabellos cuya sofisticación consiste en que saben a América. No es raro, en ese marco económico-cultural, que la sociedad y sus componentes se mire desde las estrechas márgenes de una cuenta "T": como es de esperarse, no se pueden permitir pérdidas en metálico.
El mundo se ha occidentalizado y nosotros con él. Demasiado, diríamos los provincianos de un imperio del que somos enteramente dependientes. Pero tal dependencia no se debe del todo al flujo de remesas o a la inversión de los dólares; se debe a esa paternidad ideológica que nos resistimos a reconocer y, sin embargo, nos determina. Nos es impensable una navidad sin compraventa, incluso no consideramos celebración a aquella donde no se pueda sobornar un sentimiento con los dos pesos de un detalle callejero. El día de la madre, del padre, del niño... se celebra con un regalo, o no se celebra. Y los regalos, claro está, los entrega el bonachón anciano de rojo y blanco, de largas barbas de nieve y mejillas rozagantes que Coca-Cola creó hace mucho, en el norte se llama Santa Clauss y en Latinoamérica Papá Noel. El trae la navidad con los regalos y su eficacia es tan bochornosa que se adelanta casi un mes...

jueves, 22 de noviembre de 2007

EL CASO MONCAYO

Y Moncayo volvió a marchar. Esta vez, su travesía épica tiene por destino las puertas del palacio Miraflores en Caracas en un viaje que con suficiencia dobla el que lo trajo a Bogotá hace algunos meses. Al profesor de provincia le pasó lo que muchos de mis paisanos hace tiempo vienen padeciendo: dejó de creer en la vocinglería de los grupos al margen de la ley y se decidió, mochila al hombro, buscar una solución más humana; esto es, que deendiera en absoluto de él, que estuviera a su alcance. Determinación que ni siquiera en el mismo Comisionado de paz -que devenga honorarios nada exiguos por su labor infructuosa- hemos visto. En un país como el nuestro no es raro ver la herencia de Macondo: sólo a un hombre desesperado, que lleva casi una década en la espera de la liberación de su hijo (liberación enfangada en el sainete de los pasados procesos de paz) se le habría ocurrido que caminando a la capital del país podría lograr alguna diferencia en su caso. La primera semana de su andadura pasó desapercibida, casi ignorada. Acompañado de su hija y en su renco transcurrir sintió cómo las callosidades paulatinamente se tragaban las plantas de sus pies y tuvo que amainar su marcha de hospital en hospital. Entonces -y sólo entonces- llamó la atención de algún periodista buscador de rarezas circenses y le dió voz a su angustia: su objetivo era la plaza de Bolívar y pedir audiencia al presidente sólo para rogar sobre el Acuerdo Humanitario. Las primeras etapas de su ruego delataban el ansia propia de quien se encuentra sin salida; luego, junto con los callos, se robusteció su clamor con la gallardía del que no tiene nada que perder.
Quienes oímos a tal hombre, lo entendimos sin excusas ni dilaciones: la determinación vigorosa de sus palabres y la nobleza raída de su propósito disipó de nosotros cualquier asomo de duda. Alcanzamos a imaginarnos a este prócer moderno de la libertad apostado frente a la Casa de Nariño soportando en su carne las inclemencias del clima bogotano y los engorrosos trámites burocráticos sin otro aliciente que ver, luego de nueve o diez años, el rostro de un ser querido que comienza a borrarse de la memoria. Y es esa obstinación heróica, esa testarudez aguijoneada por la ausencia de un hijo privado de la libertad -libertad que arbitrariamente le fue arrebatada un mal día- lo que provocó la súbita devoción que nos volcó a las calles cuando llegaba a la capital. Su marcha desde el sur nos enseñó lo que la historia hartamente replica y la política se niega reconocer: para hacerse escuchar en un país como el nuestro, para que la voz de uno sea tenida en cuenta y la opinión propia valorada en sus justas dimensiones hay que hacer no pocos sacrificios y ejecutar los actos más admirables, más loables, o que por lo menos, por su exuberancia, captyen la atención de los medios. Si Moncayo no toma la decisión quijotesca de marchar a la capital clamando por la liberación de su hijo, su clamor se habría perdido entre los miles de clamores de quienes sufren su mismo infortunio; si desiste de su empresa y posterga su singular periplo quizá hoy no hablaríamos del Intercambio Humanitario... y aún si Moncayo, una vez que corona su destino, no insiste -quizá torpemente, quizá bruscamente- en su propósito y se obstina, de ser necesario, en sembrarse en la Plaza de Bolívar hasta ver a su hijo, habría pasado a la historia doméstica de la nación como un macondiano más y lo emparentaríamos, años más adelante, con la estirpe centenaria de los Buendía. Y de ser así, aunque hubiera logrado mucho, no habría alcanzado nada: le debemos a ese profesor de provincia lo que nuestros avezados funcionarios en sus años de magistratura no han atisbado siquiera a insinuar: puso en la agenda de Europa -y, por extensión, del mundo- como punto relevante el problema del secuestro en Colombia y el tema del Acuerdo Humanitario.
Hoy a Moncayo es imposible ignorarlo: la sociedad internacional tiene sus ojos puestos en él. No es difícil conjeturar que marchará a Venezuela, incluso después de que el gobierno ha reversado la mediación de Chávez. Irá hasta las últimas consecuencias con tal que su proceso arroje un fruto apreciable, así tales consecuencias acaben con él. Moncayo no es más que la resultante de nuestra situación histórica que por setenta años de violencia nos ha condicionado. La pregunta se hace, entonces, terriblemente desoladora: ¿cuántos caminantes por la paz ha menester?...

domingo, 18 de noviembre de 2007

¿REINADO NACIONAL?...

Moraleja: no hay tragedia tan vehemente ni desastre lo suficientemente lamentable como para frenar la realización del Concurso Nacional de la Belleza. Así como ocurrió hace una veintena de años atrás, igualmente volvió a suceder: ni la toma del Palacio de Justicia ni Armero pudieron detener el rentable comercio que unos cuantos fraguan en nombre de una nación. Para Raimundo Angulo, ninguna de las desgracias nacionales fue, es y, por lo visto, será, argumento suficiente para postergar el sainete en traje de baño y bordado en lentejuelas que año tras año, aprovechando el aniversario de La Heróica, nos ha obligado a soportar. Para él y los de su especie ni el asesinato de los diputados secuestrados ni las tragedias invernales de los últimos meses (tragedias que suceden en su vecindario, muy cerca suyo) son razones válidas para dejar de celebrar su trillado certamen que, a la sazón, invade por once días los titulares de las noticias.
Raimundo Angulo -y es un mérito que no podría negársele- por luengos años ha montado un mecanismo de reloj tan bien concebido alrededor del concurso de belleza que es impensable que otra persona o grupo de personas pueda hacerle parangón: el concurso de barriada paralelo al suyo es apenas una gentil cortesía que le permite al pueblo cartagenero o una inusitada desverguenza de los de abajo que, a la postre, es inevitable. Tiene de político la habilidad manipuladora de congregar una cohorte de lacayos que con sus diseños de moda y su capacidad publicitaria le dan ese aire de prestigio a su negocio, y de comerciante el talento indiscutible de conocer lo que más agrada a un público consumidor preponderantemente masculino: las mujeres. Si es culpable de algo, si acaso se le puede imputar alguna acusación, no es menos culpable que aquel aburrido televidente que posibilita la puesta en escena de las niñas que buscan empleo en el oligopolio televisivo a través de la mejor hoja de vida que podrían presentar: su cuerpo sinuoso ejercitado en gimnasios y moldeado por mano de obra quirúrgica -eso sí- bien pagada. Es él -el televidente- que pide tales entretenciones para pasar el mal sabor de nuestra realidad nacional.
Y es que en Colombia hay un reinado para todo. Ya es perogrullo decir que Colombia es el país de los reinados. Del mango, del aguacate, de la panela... cada cosa tiene su reina y cada vaina, por más insignificante que parezca, eleva su importancia con un reinado. Pero si es cierto que hay tantos reinados, no es menos cierto que hay un público detrás de ellos procurándose la distracción suficiente para olvidar momentáneamente las dificultades que atravesamos. El encanto femenino que muestran los municipios en pasarelas improvisadas, ccomo una exhibición de caballos, es a su vez aprovechado por gamonales que saben, como Raimundo, extraer una ganancia nada despreciable de un espectáculo farandulesco. No es difícil averiguarlo, tampoco lo es ignorarlo: cuantiosas sumas de dinero son transadas por patrocinadores buscando posicionar su producto en el rostro de las candidatas o en sus ojos o en sus uñas y de esa mercadería, además de ellas, sólo unos pocos sacan provecho. Paradójicamente hay un público -los televidentes- que se muestra feliz por sentise parte de algo; ese algo de lo que cree sentirse parte, lo ayuda a sobrellevar los terribles malestares del clima que en carne viva y ante la indiferencia de todos debe padecer. "Que se inunde la casa -piensan- incluso que el río nos arrastre: mientras sirva el televisor todo estará bien".
Hace mucho se dijo que la religión es el opio del pueblo. Y, como los tiempos cambian, es de esperarse que con ellos su opio también. Cabe imaginarse, en ese orden de ideas, a un rescatista de la Defensa Civil en plena lidia con el crecido Magdalena: con una mano -y su cuerpo pendiendo de una soga- jalona a su rescatado y con la otra, muy pegado a la oreja, sostiene un pequeño radio expectante del fallo del jurado por saber quién será la nueva soberana de los colombianos...