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miércoles, 28 de septiembre de 2011

EL CASO GARCÍA MÁRQUEZ (O DE LA BIENAVENTURANZA NO QUERIDA)

PARTE I

LA ESPERANZA DE LLEGAR A NINGUNA PARTE

Sobre Gabo se ha escrito bastante y por plumas con mayor autoridad que yo, de manera que cualquier nota que lo nombre o por lo menos lo aluda implica redundar o apologizar innecesariamente. Para un escritor que ha alcanzado la gloria y pueda decir que dejar de escribir no le ha cambiado la vida, lo que se diga o se deje de decir ni le quita ni le pone al enorme monumento que constituye su obra. Para nuestro propósito, esta serie de artículos pretende comentar esa actitud exótica y poco vista con la que el nobel encaró su arte personal y de la cual adolecen nuestros prospectos actuales, que es el aprender a renunciar.

Aprender a renunciar en mis palabras, o aprender a morir a sí mismo. A no esperar nada, a desatender a los reclamos del ego, a descender a las tinieblas de la soledad y transitar por las riberas desoladas de la incertidumbre, a asomarse a los abismos del anonimato sin sentir el vértigo de la depresión pisándonos el calcañar; a caminar por las sendas de los muertos y experimentar en la carne el escalofrío de una existencia desperdiciada en aras de un Ideal artístico, de una ambición personal. Solamente quien lo ha vivido puede confesarlo. Y es en esta perspectiva en que sitúo a uno de nuestros más caros arquetipos porque -como él mismo lo declaró en alguna entrevista- todos quieren ser el Gabriel García Márquez de hoy, el homenajeado, celebrado y galardonado, pero nadie quiere ser aquel hijo del telegrafista de Aracataca que tuvo que venir a congelarse en la nevera bogotana para estudiar Derecho y descubrir que lo único que quería hacer era escribir no para consagrarse en la literatura universal, sino simplemente para que sus amigos lo quisieran más.

He ahí al escritor. Alguien dijo que entre más universal se quisiera ser, más provinciano se tendría que escribir. Ante la hoja en blanco caen desmirriadas las aspiraciones a la fama como las promesas de riqueza. Víctor López Rache: "Tener fe en el arte de la creación es desobedecer en silencio y partir con la esperanza de llegar a ninguna parte". Llegar a ninguna parte. Si esa fuera la premisa de la Literatura, si se colgara este letrero en las puertas de las facultades de arte como los griegos grababan en piedras el nosce te ipsum que sacudió a Sócrates, ¿cuántos literatos y profesores de literatura tendríamos? O mejor, ¿cuántos se decidirían por las Letras? Pero volvamos a Gabo: escribir bien para que sus amigos lo quieran más. Esa era su mayor aspiración y su radical lucha. Y me consta su sinceridad: La tercera resignación, su primer cuento, está apuñalado por el deseo de seducir a un círculo cercano. Lo que no previó en su momento es que ese círculo se iría ensanchando hasta trascender las generaciones. Suerte de genios e iluminados. Pero no es necesario el genio: basta simplemente con ser sincero y manejar hábilmente las herramientas de las que se dispone. Nada más se necesita: es propio de aficionados y parapocos montar un andamiaje palabrero para expresar una idea sencilla con el ánimo de pasar por cultos. ¿Lo entienden los escritores actuales? ¿Y los emergentes? Basta con leer una cuartilla para olisquear su procedencia: Taibo II o Cortázar, en cuento. Arte emulador. ¡Cuanto cuesta encontrar su propia voz en una cabeza inundada de ecos magistrales! Nadie está exento de la emulación. Borges alguna vez declaró que la emulación es la etapa primitiva del oficio. Pero hay que pasar al siguiente nivel y no dejarse ahogar por la excesiva reverencia a los maestros. Por eso en ocasiones me sorprende que me pregunten para quién escribo. Nunca he pensado a qué tipo de público deseo llegar: mi fe me dicta que el lector encuentra a su autor. Y escribo lo que quisiera encontrar escrito. Nada más me afana. De nuevo: llegar a ninguna parte zarpando de lo desconocido. Velas desplegadas por el hálito ensoñador de la satisfacción propia, que es el verdadero sustento de la vocación literaria. Como Cristobal Colón, que estuvo dispuesto a ser tragado por el mar asido de una convicción teórica. No le importó caerse en el desbarrancadero del fin del mundo a cambio de probar que tenía razón. Y de tales quimeras también consiste la Literatura. Cuando se comienza a escribir no se piensa ni en aplausos, ovaciones o galardones; mucho menos se piensa en dinero. Se piensa en eso, simplemente: en escribir. Lo demás es accesorio, sofisticaciones ajenas al oficio. La vocación por las Letras no se compra: se escribe con la esperanza de urdir un mundo desde sus cimientos y que éste, por el prodigio exclusivo del arte, aspire a la realidad. Que lo que no es, pueda ser o sea posible. Verosímil. Engañar con elegancia o, como Sergio Ramírez escribe, "mentir con aplomo". Gabo empuñó la pluma con la misma inocencia con que un niño juega a los dados o los cavernícolas arañaban las rocas. Y los trazos agrafados paulatinamente lo sedujeron hasta hacerse uno con él, hasta enamorarlo, hasta que no pudo hacer otra cosa que continuar entintando folios y folios. Partió a ninguna parte y se topó, como Colón, con su América: Macondo.

jueves, 1 de septiembre de 2011

¿QUIEN ESCRIBE PENSANDO EN DINERO? (IX)

EL CASO DEL EDITOR (I)

El editor es un personaje que apuesta por partida doble. Por un lado, es el responsable directo de la salud literaria de los escasos lectores que aún visitan las librerías; por el otro, es el censor que determina el destino inmediato de un escritor. Arte y dinero estrechan su mano en una oportunidad en la que se gana o se pierde. Para él, la literatura es un negocio a la vez que un oficio. Depende de él, también, hacia qué lado se inclina la balanza. Por lo pronto, en este artículo me dedicaré a sopesar las medidas.

Debemos agradecerle que no se publique tanto como se escribe. Si así fuera, si todo el que escribe pudiera publicar, moriríamos ahogados en un océano de papel mal redactado. El Internet sirve para decantar talentos falseados por la vanidad o la estupidez. Como usuarios suyos, ¡cuántas decepciones no nos llevamos al intentar leer tres líneas medianamente aceptables! En lo personal, me ha pasado con los blogs: aunque sigo muchos, realmente leo dos o tres. soy un lector al que se le cautiva desde las primeras letras y tal seducción es difícil. Pero el editor no puede darse el lujo de ensayar: es su patrimonio el que está en juego. De ahí podría deducirse que la prueba fehaciente del talento es una publicación con todas las de la ley, pero tal conclusión no es exacta. Se trata del público al cual desea dirigirse, que no siempre es legión. Y con el público, el editor que lo provea. Así las cosas, ser rechazado no es el final del camino ni ser publicado asegura un porvenir literario. Esas son etiquetas que interesan a los otros y atienden más al egoísmo que a la vocación artística. Mas no a nosotros, que no somos hijos de la criada. Pero volvamos al editor como sujeto comercial: los libros hacen fortunas. En esta perspectiva, el editor es un genuino hombre de negocios: interpreta una necesidad,diseña un producto que la satisfaga y analiza el resultado. Nacen, entonces, los libros de superación personal, que generan grandes utilidades a la industria. Y en esta noria no hay lugar para el escritor, sino para el escribidor, o el malabarista de la palabra con su embelesedor acto del falso optimismo. Escriben libros como haciendo buñuelos. No hay lugar para la creación artística. Tales productos editoriales son tan áridos y desabridos como una guía de viaje o un directorio telefónico. Son libros de mesa de centro, la mejor leña para alimentar una chimenea. Manosean público en tanto recaban sus favores cortesanos. Limosnean su beneplácito a cambio de tres monedas de plata. Ahí no hay arte.

El editor que aspira generar riqueza por la publicación apenas tiene escrúpulos para valorar una obra de arte. No la reconocería, así se la pusieran en las manos. Debemos recordar que no todas las veces las obras maestras generan un lucro inmediato, y a la inversa. Aquí entra el talante del editor y su ética a jugar un papel determinante en el arte literario de su región y -por qué no- una oportunidad inigualable a su bolsillo. Depende de a qué le apueste o qué pese más en su balanza. Si es el lucro, se dedicará entonces a los libros de chismes, intrigas o conspiranoicos, a las recetas de cocina, biografías no autorizadas o confesiones de prostitutas caras, pero jamás a la literatura. Una enseñanza de principio: aunque el arte tiene en germen la virtud de producir riqueza, en sus inicios no da ni para pagarse un vestuario decente. Los que han hecho empresa me darán la razón. Optar por la edición es como aquel que descubre una veta de oro y se decide a trabajar en ella: comenzar es escabroso y las ganancias, insignificantes. Los grandes sellos editoriales que hoy legislan el mundo impreso comenzaron siendo una aventura quijotesca liderada por un apasionado de los libros que en vida no perdió la perspectiva, aunque sus descendientes sí.

miércoles, 6 de julio de 2011

¿QUIEN ESCRIBE PENSANDO EN DINERO? (VIII)

EL CASO DEL LIBRETISTA

El libretista es el hermano no deseado del escritor, es la parentela que por pudor se quisiera negar, por decencia pasar por alto o simplemente ignorar. En él se encuentra en su plenitud expresado el pecado de el arte por dinero y, por ende, se niega en su labor cualquier indicio del mismo. Sin embargo, es un empleo bien remunerado. Si la finalidad del arte fuera vivir bien, dar al artista la comodidad y holgura deseada para pavonearse frente a sus semejantes de la buena fortuna recibida por su obra, entonces sería el libretista el ejemplo máximo. Pero no es así. Tampoco predico la pobreza y los andrajos como presupuesto esencial de la labor artística: no hay que perder la perspectiva. Digo, en consecuencia, que la pluma se empuña como el fraile toma sus votos. Todo se sujeta a los azares del oficio, cualquiera que sean. Nadie puede decir que tiene la gloria asegurada. Quien lo declare, miente como un bellaco. Pero estas medidas no se aplican para el libretista, quien debe emplearse a fondo para engañarse a sí mismo creando personajes laxos, sin sustrato. Son titiriteros que mantienen a sus artificios en el escenario en tanto haya aplausos que los reclamen. El personaje no se subordina a la obra: es al revés. Es por eso que continuamente el libretista debe renunciar a sus aspiraciones artísticas y jugar con el destino contrahecho de sus creaturas como si fuera malabarista. Son dramaturgos a medias, sería más exacto llamarlos teatreros. Deben manosear pueblo para caricaturizar los defectos más primarios del hombre común y ponerlos en escena. Y todo con el objeto de recabar audiencia. ¿Cuántas veces no hemos visto en las telenovelas que fue gracias a la pericia del actor que tal personaje tuvo acogida? Es lo que necesariamente los separa de los escritores: mientras éstos engendran a sus artificios lejos del litigio mercantil que envuelve la industria televisiva siendo libres para demonizarlos o tiranizarlos, aquellos acuden a lo grotesco o lo divino para enfrentarlos. Porque son daltónicos: apenas distinguen los colores que componen lo real. Como los animales, ven una obra en blanco y negro, siendo el gris un riesgo financiero inútil. Es así que el héroe no es héroe: es un dechado de virtudes, renuncias y negaciones que llaman más a la conmiseración general que a la admiración. Tan poco carácter tienen, tal lánguidos los expresan, que el artificio se cae de su peso. Uno advierte el truco: no saben mentir con aplomo, como demanda el arte literario. Y el villano no tiene rasgos humanos: es pura maldad. Si es hombre, termina asesinando y en la cárcel; si es mujer, enloqueciendo y en el manicomio. Tan poca libertad tiene para crear que recurren a credos de sacristía para conjurar a sus muñecos de barro. Le vedan cualquier atisbo de humanidad al villano impidiéndole la flaqueza de la compasión; hacen lo mismo con el bueno. Por eso las telenovelas aburren, aunque sirvan para entretener a la empleada del servicio. ¿Cómo terminan? Los buenos en la iglesia y los malos en la cárcel. Nada más ridículo. Están impedidos de facto para pensar que el villano puede terminar algo mejor. Claro, su maldad se lo impide. Pero, ¿en qué consiste su maldad? En querer para sí a la dama, que no tiene seso para otra cosa que no sea el matrimonio, los vestidos blancos y largos y la idílica noche de bodas. No más hay que detenerse y mirar por unos minutos las novelas de la tarde: cambian los actores, pero los personajes son iguales, arquetípicos o enmaquetados, enmascarados. Pero bueno, así las ven, así venden y así lucran los libretistas de medio pelo.

Es por su oficio de talabartería literaria, de amañar argumentos para el gusto público, que poco o nada puede esperarse de él. Hay que reconocerlo: han habido buenos libretos, excelentes productos televisivos. ¿Por qué escasean?...

domingo, 26 de junio de 2011

¿QUIEN ESCRIBE PENSANDO EN DINERO? (VII)

EL CASO DEL LITERATO PAGADO


Literatura por encargo. ¿Se ha escuchado algo así?.
La literatura rusa del siglo XIX es el ejemplo clásico. Recordamos a Dotoyevsky escribiendo sus voluminosas obras plagadas de descripciones, episodios y escenas innecesarias al desarrollo de la trama solamente por engordar el cheque. Como el tiraje era semanal, se requería mantener al lector cautivado. Gogol y otros más tuvieron que recurrir a la misma treta. Sin embargo sus obras encargadas, a diferencia de las actuales, tuvieron ese quilate de oro que las hizo trascender a pesar de esas cientos de hojas que les sobra. Y eso es lo que no logran los literatos actuales.
Literatura por encargo. Escribir pensando en dinero. Cabalgar entre papeles sin perder de vista el atado de monedas que se espera al punto final. ¿Cómo lo hacen? Se dice que Nabokov se vio obligado a escribir con los recibos de cobro en el escritorio angustiado por sus acreedores. La industria editorial pone un tema y le pide a sus colaboradores (el eufemismo del artista-empleado) libros sobre el mismo. Quienes visitaron la feria del libro del año pasado recordarán que, en gran parte, la oferta editorial estuvo dirigida a la celebración del bicentenario. En su mayoría, ensayos e investigaciones históricas. Y una que otra obra de ficción, nada que valga recordarse. En cinco años o menos esos libros -si les va bien- pasarán a recibir polvo en los estantes de las bibliotecas públicas porque no sirven más que para documentar otros trabajos escritos. Una voz que se recoge de otra, similar al agua que se pasa de mano en mano. Este año, ¿cuál será el tema? ¿Sobre qué se escribirá? Y ante todo, ¿quién decide el tema? ¿Quién es la mano invisible, el poder detrás del poder, del mercado editorial? En cuanto al escritor, conservará su decencia mientras considere tal labor como un simple ejercicio para "soltar la mano". La calistenia adecuada para una obra de mayor envergadura. Por el contrario, engrosará la muchedumbre de lacayos que perviven en el medio gracias a sus habilidades retóricas más que por el talento. Una obra -según se cree- se prepara en la inconsciencia y aflora gracias a circunstancias propiciatorias que la reclaman, pero enseñarse a ganar el pan por exigencias editoriales aleja al arte como la penicilina a la bacteria. Cuando se empuña la pluma ya no se escucha el susurro de la musa; se oye el griterío del mercado y se convierte el escritor, parafraseando a Víctor López Rache, en "notario de distorsiones". El mismo autor, de cuyo escrito está inspirado este artículo, escribe: "Es preferible ser un escritor con su mundo personal suspendido en el signo de interrogación, que un famoso debiendo deudas impagables que el lector cobrará".

El literato pagado es mercenario al servicio de intereses comerciales. Una obra sin espíritu se delata fácilmente y lo peor para un artista -incluso peor que la muerte- es el olvido. Ser olvidado es morir ab aeterno. El lector cobra arrojando el libro al rincón de la basura y el tiempo, como juez implacable, sepulta tanto libros como autores. ¿Querrá ser recordado? Entonces debe abandonarse a los rigores del océano y enrumbar su barco a mares ignotos sin la gratificante comodidad del la paga. Antes de escribir para los otros, debe escribir para sí mismo. Incluso llegado el caso en que no se encuentre otro lector, ¿estaría dispuesto al sacrificio máximo?...

domingo, 29 de mayo de 2011

¿QUIEN ESCRIBE PENSANDO EN DINERO? (VI)

EL CASO DEL CRITICO

El crítico literario es, por excelencia, el inquisidor al cual se intenta conquistar con los papeles o se está obligado a resistir con los argumentos. De principio ostenta el criterio de verdad: lo que afirme es dogma. Se sienta como Torquemada en su trono y despotrica a su placer de cuanto libro no lo haya agradado. "Está mal escrito" o "es parafernalia". De su pluma, como la serpiente bíblica,no sale sino escupitajos ponzoñosos. Rara vez celebra, aunque no pocas veces adula. "Lo que no puedes superar, por lo alto, entonces debes nivelarlo, por lo bajo" ese es su evangelio. Buscan agresivos entre las librerías aquellas novedades editoriales que a su parecer sirvan para alimentar las llamas del escarnio público. Y encuentran algo. Desdichados aquellos que se vean abrasados por el furor de su pluma: difícilmente tendrán otra oportunidad.

José Ingenieros es autoridad para hablar sobre críticos. Los llama "criticastros" y los compara con aquel adolescente que, ante la impotencia de alcanzar la estrella, se resigna a lanzarle piedras. Crítica. ¿Acaso existe? ¿Quién les dió sus atribuciones ministeriales? Los artistas apenas la aceptan por considerarla inoportuna. Toda crítica a destiempo, incluso cuando no se entiende el sentido de la obra, causa risa. Pero volvamos a Las letras. Crítica literaria ¿Qué es eso? A mi criterio, sólo un escritor puede hablar con crédito de la obra de otro porque, al decir de Savater, "sólo se habla -sobretodo se discute- entre iguales". ¿Puedes hacerla mejor? Adelante. Si no, ¿por qué me criticas? Atender sus reclamos es otorgarles la importancia que no se merecen. Muchos de los críticos actuales no son más que manos estériles que se dedican a arañar la obra ajena buscando con sus huecas invectivas alguna aceptación en el medio. Crítica literaria y dinero: págame y desprestigiaré con gratilocuencia lo que me indiques. O ensalzaré lo que gustes. No importa: es sólo dinero. Deben su sitial a quienes los leen y los siguen. Alguien habló de literatura de salas de espera. Los libros de moda son los que adornan las mesas de centro, lo que no quiere decir que se lean. Las ventas editoriales -lo repito- rara vez son consonantes con la calidad de una obra.

Para quienes se deciden por Las letras, la opinión del crítico debería estar de más. El mundo literario, como cualquier otro medio, está plagado de estos pavos reales que sólo saben elogiar o reprobar al tintín de las monedas. Son los saduceos de las artes, y conviene poner cierta distancia entre ellos y nosotros si no se quiere ser crucificado desde sus escritorios. No se ganan con talento; simplemente se compran. Y su dinero, como el pagado a Judas, no se debe aceptar en el templo de la musa porque está manchado de pecado. Sin embargo, tienen su lado positivo: llaman la atención. Ser criticado, como ser pirateado, es buen síntoma. Víctor López Rache, en un escrito que aún no ha sido lo suficientemente valorado, escribe: "La necesidad o la abundancia le impone a los artistas condiciones imposibles de eludir. Las apuestas pragmáticas, la riqueza y la fama han llevado tantos talentos a la desolación estética como la cárcel, la locura y la miseria". Condiciones imposibles de eludir. Si se pudiera vivir sin dinero, ¿el arte sería viable? Y si fuera viable, ¿tendría la misma fascinación?...



jueves, 5 de agosto de 2010

¿QUIEN ESCRIBE PENSANDO EN DINERO? (V)

EL CASO DEL ACADEMICO

El académico literario es esa especie de coleccionista que se nutre de lo exhibido en las librerías. Es una biblioteca ambulante: todo lo ha leído y basta con recitar un pasaje para que con exactitud nos declare el autor y la obra. Es útil para los cazadores del plagio y los investigadores; inútil -pienso yo- para leer algo nuevo. Todo le parece ya escrito y difícilmente se esperaría de él su visto bueno sobre una obra inédita. El acervo editorial que preserva en su mente lo abruma, lo cierra a nuevas vías. Ignora que ese peso al que se obliga se construyó de ese modo: escritores de siglos pasados hicieron su aporte soportando el mugido incesante de estas vacas sagradas.

El escritor novel debe precaverse de su escrutinio, a menos que pretenda su anuencia. ¿Cómo descrestar una lectura universal? Pasa lo mismo que con un amigo rico: uno no sabe qué regalarle porque ya lo tiene todo. O una novia caprichosa: es difícil tenerla contenta. La creatividad del oficio se ve amenazada por los múltiples diques que tales vacas imponen a cualquier viso de autenticidad. Para ellos, en literatura ya se ha hecho todo y cualquier conato de originalidad resulta sospechoso. Son el corsé del arte, el freno de caballo, la señal de pare de las esquinas, los límites del mundo conocido. De haber sido por ellos, por el acertado criterio que instiga sus juicios, Colón nunca habría descubierto a América, Magallanes dado la vuelta al mundo ni Cervantes escrito el Quijote. De haber sido su decisión, habrían asesinado al primero, puesto en reclusión perpetua al segundo y amputado la mano al tercero, doblemente manco. Por ellos la historia se habría detenido en las fronteras indecisas de la Europa medieval, el arte fijado en los muros de la Capilla Sixtina y la literatura anquilosado en las páginas iniciales del Tirant lo Blanc. Y si alguien se hubiera atrevido a saltar su entretejida alambrada, seguramente de nuevo trazarían la cartografía de las Indias Occidentales, corregirían los planos de la Arabia Feliz y reescribirían a Shakespeare. Gracias a Dios no son críticos, aunque algunos -me consta- no resisten la arrogante ambición. Una biblioteca es buena en tanto pueda agregarse otro tomo, malo cuando nos aplasta. Así como Borges no pudo imaginar un mundo sin libros, yo no puedo imaginar ese mundo sin la posibilidad de añadir otro. Incluso más: sin la secreta ambición de urdir un mundo desde sus cimientos a partir de uno. El académico, la biblioteca empolvada por siglos de imprenta, es el eunuco de la literatura: resguarda los libros que no puede disfrutar. Es la mano estéril que muere a cada intento, como Grand. Es una pieza de arqueología viviente que subsiste gracias a su memoria ecuménica: es el Ireneo Funes de las Letras. Sólo les resta enseñar literatura en los colegios o universidades a otros despabilados que se interesan por la nota que les otorgará el cartón. Eso sí -y es un punto a su favor- son imprescindibles en las tertulias y en los encuentros: nada se les escapa. Son soportables en tanto se limiten a informar; insoportables cuando quieren opinar e infames si se deciden a criticar. Su lugar está en el aula y el mundo conservará su recato mientras no pretendan escapar de tal nicho.

No tengo nada en contra de los académicos: alguien tiene que hacer ese trabajo. Lo que quiero resaltar es el momento en que la Academia coarta la libertad creativa y para ello recurre a la memoria literaria. Cabe aclarar que hay una diferencia tajante entre académico y crítico: uno es pasivo y el otro es activo. Pero éste amerita un artículo separado.

miércoles, 7 de julio de 2010

¿QUIEN ESCRIBE PENSANDO EN DINERO? (IV)

EL CASO DEL PASTOR

Se predica por Dios o por las riquezas: no se puede servir a dos señores.

Sin prestar atención a los prejuicios tejidos a su alrededor, considero al ministerio evangélico el oficio más delicado y más serio. Delicado, porque se habla en nombre de Dios; y serio, porque tal palabra, como la divinidad, es definitiva. Es la palabra de Dios en boca de un hombre. Sin embargo, no ignoro lo que tales ministros han logrado especialmente en los últimos años: basta con pasar un domingo al mediodía por la 68 o por el Campín.

En esencia el oficio del pastor, como el del sacerdote, debe ejercerse por vocación: de otro modo, el peso que conlleva la obligación abrumaría a cualquier profano. Hay que nacer para eso. Es un llamado. De igual forma, no es directamente proporcional el éxito en el oficio con la prosperidad material. Este punto es más difícil de precisar, sobretodo para un hombre falto de fe. Para la cuestión que nos interesa (y no ahondar en circunloquios teológicos) el oficio del escritor se ejerce por vocación y es difícil decir si el éxito con la pluma es medible por las ventas de una obra aunque pudiera ser buena señal, incluso para tal artista. Si ese fuera el caso, si el escritor exitoso se midiera por ventas, entonces Harry Potter sería la mejor saga jamás escrita y su autora incontrovertible merecedora del Nobel. ¿Por qué no? Asímismo, los reportajes empastados por las editoriales sobre el secuestro, los narcos o cosas así que todo el mundo compra porque están de moda y adornan las mesas de centro de las salas, sería literatura. Y no es así. O, por lo menos, no es la literatura que yo busco o aspiro a leer. Ni la que deseo escribir, así obtuviera interesantes dividendos de ella. Este es el punto: se escribe por el arte o por las riquezas. A veces van juntas, a veces no. Dichoso el que así las halle, pero ¿desdichado será quien se encuentre al otro lado del igual? ¿Seremos menos escritores por no lograr dinero por la pluma o no encontrar quien nos publique? Esa es la pregunta pertinente a los inicios: de la respuesta depende un destino literario. Como el ministerio, el arte a su modo es primero una escuela de carácter antes que un medio para vivir. Así lo entiendo yo, y no podría explicármelo de otro modo. Como moisés, hay que golpear la roca para que broten las aguas amargas del Mériba.

L'art pour l'art ¿Recuerdan? ¿Cuándo dejó de ser esa sencilla premisa, premisa que fundó una escuela, su evangelio? Hay que escuchar a los grandes maestros: en sus inicios el dinero era la menor de sus preocupaciones. Como los pastores evangélicos (o por lo menos los que yo en alguna ocasión tuve la oportunidad de conocer) que iban por las casas hablando de Cristo sin recibir nada a cambio y que, pasado el tiempo y luego de mucho predicar, fueron llenando auditorios y convocando masas alrededor del mensaje cristiano, los escritores que yo admiro comenzaron escribiendo sin esperar nada a cambio y fue su talento el que les dio la guirnalda de la fama y el dinero. Pero fue una cosa y después la otra. Primero es dedicarse a un oficio y a otra actividad paralela para ganarse el pan. Y después dedicarse al oficio de tiempo completo porque eso le da para sustentarse sin pasar necesidades. Escritor de tiempo completo: esa es mi personal aspiración. Pero se logra por esa vía o por ninguna otra. Y es aquí donde ocurre la ambiguedad: así como hay pastores verdaderos, también hay falsos profetas con poder de convocatoria y escritores auténticos junto con escribidores que logran posicionar un libro mediocre en el primer lugar de las listas. ¿Cómo diferenciar uno del otro?

Escribir esta serie de artículos ha sido una tarea reconfortante: se desprende uno de muchas cosas y se despacha de otras. A decir verdad, pude haber dado mi veredicto desde el primero, pero quedarían muchas cosas pendientes, volando por ahí. Si hay quienes los lean (aunque no los comenten) llegarán a esa conclusión. Como lo escribió García Morente, lo interesante no es el final del camino, sino el camino en sí, el haberlo recorrido. De la misma opinión es Cavafis, aunque de un modo más poético, más grandioso. Ya me voy acercando al punto: dónde se reivindica literatura y dinero. Pero lo que antes era una serie de cuatro o cinco entregas, se me ha convertido en un itinerario que me tomará casi hasta final de año. Espero llevarlo a felíz término, como debe ser. De antemano les pido paciencia: paradójicamente, escribir no es algo en lo que tenga facilidad y los que han escrito relatos de gran envergadura saben que raras veces lo planeado coincide con el trabajo.

Igual ocurre en este caso.

miércoles, 30 de junio de 2010

UN PARENTESIS (parte 2)

POETAS Y POETASTROS

... y como necesariamente nos sobrepasa, como es engorroso hablar de él en la extensión de un artículo, me limitaré a decir que es una suerte de mesías, un cometa que rasga el cielo de cuando en cuando y nos deja un legado comprendido en unos cuantos poemas, suficientes para que otros artistas trabajen el campo señalado y que, de no haber sido por su clarividencia, nadie habría siquiera explorado.

Hay que hacer justicia a los tiempos: este siglo es esencialmente distinto a los otros. La sociedad de consumo ha estatuido una ética mercantil que consiste en comprar productos contínuamente, incluso si no se necesitan. Como la literatura se ha transformado en una industria, quienes se dedican al verso pueden vivir de lo que escriben siempre y cuando su obra se ajuste a un requerimiento editorial, requerimiento concebido desde la teoría calculada del merchandising. Hay, también, que hacer justicia a los vocablos: no todos los que escriben poesía son poetas. Ese es el punto: se trata de balancear una ecuación. Alguien puede escribir poemas, conseguir que los publiquen y hasta recibir regalías. ¿Eso lo hace poeta? Otro puede ganar concursos de poesía. ¿Eso también lo hace poeta? Sin demeritar el valor de los concursos y de quienes los ganan (en alguna ocasión nos veremos forzados por la necesidad o la vanidad a presentarnos a alguno) ni desestimar el triunfo de los que logran el alumbramiento de la publicación, diré que se debe ir más allá de los primeros indicios. Aunque nuestro siglo es esencialmente distinto a los anteriores, el arte es el mismo siempre, igual en todos. Del mismo modo, aunque somos artistas de nuestro tiempo, no necesariamente debemos buscar lo que éste nos imponga. Es cuestión de perspectiva. Aquí es donde entran en juego ambos vocablos. ¿Quién en nuestro tiempo es poeta? Evidentemente, el que escribe poesía: la prueba son sus libros publicados y los concursos ganados. Pero ¿lo será mañana? La prueba será si sobrevive al olvido. "El tiempo es un sepulturero ecuánime: entierra en una misma fosa a los criticastros y a los malos autores" escribe Ingenieros. Para los intereses de este artículo, cambiaría el criticastro por poetastro y la idea no variaría. ¿Los poetas escriben por dinero? Para mí es inconcebible la idea porque implica dos engaños imposibles: a la musa y a uno mismo. Pero puede darse el caso: entonces aparece el poetastro.

Como en las comedias de Moliere, el poetastro se presenta en los últimos actos cuando de él se ha hablado lo bastante desde la primera escena. ¿Cómo lo imagino? Como un tipo ridículamente bajo perdido en una gabardina marrón con anteojos grandes y redondos, una boina de los años treinta y la infaltable bufanda. Se precia de escribir según el dictado de Erato cuando nunca la escuchó o decidió taparse los oídos con cera para evitar sus justificadas reconvenciones. Va de tertulia en tertulia, de festival en festival o cuanto encuentro literario figure en la guía del ocio exhibiendo premios ganados a punta de embustes versificados granjeándose la admiración general por una que otra agudeza. Como son buenos prosistas, en ocasiones escriben para alguna revista logrando cierta influencia en el medio intelectual, influencia que les servirá para el siguiente concurso. Son fáciles de identificar: sus versos exaltan lo consabido y declaman lugares comunes. Es poesía de cliché. Pero ellos son los que dominan: es el clima de la mediocridad poética. Tienen su cuarto de hora, como el ángel caído tendrá su milenio de libertad. ¿Y después? Basta con que encuentre otra afición más gratificante para que su arte sea archivado. Mientras tanto, a la vera de este escenario dantesco, se encuentra el poeta escribiendo en la proscripción los versos que renovarán su era y le darán un lugar en la posteridad. Viven ignorados para el hoy pero vigentes para el mañana. Y, en este aspecto, todos los siglos son iguales: los artistas eximios están condenados a ser celebrados así no reciban un céntimo por su obra, como suele pasar. Los titulados en Literatura o la han estudiado o están estudiándola deberían preguntarse cómo publicaron los poetas de siglos pasados, cuando la literatura no era una industria y los periódicos apenas tres páginas de imprenta. ¿Cómo publicaron? Y, sobretodo, ¿cómo llegaron hasta nosotros?

Los que sonríen cuando pregunto por el dinero en este arte deberían pensar en esto: si de buscar fortuna se trata, hay medios más económicos y maneras más rentables de conseguirlo. ¿Quieren dinero? ¿Quieren fortuna y fama? Entonces háganse actores, cantantes o modelos: eso es glamour y tener plata y admiración. En este aspecto, pasa lo mismo que con los pastores evangélicos: no hay que perder la perspectiva del llamado. O se predica por Dios o por las riquezas. Y ese es el tema del siguiente artículo...

miércoles, 23 de junio de 2010

UN PARENTESIS (parte 1)

EL POETA QUE SE RESISTE A SERLO

Confieso dos envidias: hacia el hombre por su mujer y hacia el poeta por su arte. Una es curable, la otra no. En ocasiones a ellas nos vemos obligados a raptarlas de los brazos fríos y sin pasión de otro hombre, pero al poeta no le podemos robar aquella mujer abstracta que alimenta su oficio. Sostengo, en consecuencia, que escribir poesía es el oficio más complicado de la literatura. Y tengo la prueba.

El presente artículo sólo es interesante por esto: lo amerita un hombre cetrino cuyo aire de postergación le cuelga las preseas que tal vez el mundo en sus encorsetadas instituciones culturales le negaron. Me acerco a él (hace años que no lo veo) por la herramienta desconcertante del recuerdo y, pasado el tiempo, las facciones agudas de su rostro y su mirada calma comienzan a desgajarse de mi memoria, a deshacerse entre rostros y miradas de un ayer convulso. De él conservo apenas un poema inacabado que nos permitió ver en una tertulia con la siempre conveniente disculpa de no estar listo. A mi parecer, estaba equivocado: ese poema lo reflejaría cada vez que lo leyera porque -sin conscientemente quererlo o queriéndolo inconscientemente- quedó plasmado en sus propios versos, a los cuales simultáneamente sirvió de artífice y creador.

Declararlos sin su expresa autorización sería una traición o un despilfarro, por eso me limitaré a indicarlos. Comparar una obra, sin importar el género, es muestra anticipada de pedantería y tal labor corresponde al crítico, al eunuco de la literatura; por eso me restringiré a dibujar sensaciones y sentimientos de oídas. Pero una cosa sí me permito: Yonny Vanegas es el ejemplo viviente de un poeta que se resiste a serlo, de aquellos artistas insatisfechos con su obra que se condenan a romper el jarrón una y otra vez porque no alcanzan la plenitud en el ejercicio de la arcilla; y si la poesía en lo provenir ha de tener una renovación, será por esta especie de artistas que se nutren no de la Academia ni de los espesantes tratados de los teóricos, sino de la misma sustancia humana que padecen, que como el catoblepas, el animal que Borges recrearía en su Manual de zoología fantástica, tienen que devorarse a sí mismos para escribir versos que los expresen contundentemente, sin lugar a dudas. Tal especie de artistas -exótica y por lo mismo escasa- contienen los ingredientes existenciales para llevar al arte a otro nivel, para señalar los nuevos horizontes a los que otros navegantes deberán enrumbar sus navíos, porque allí soplarán los promisorios vientos del mañana.

Sus versos respiran porvenir. No se parecen a otros que haya leído y en cada uno se siente el empuje insistente de la imagen. La insinuación es su palabra definitoria. Hablo no como escritor, sino como lector: con palabras ordinarias construye imágenes extraordinarias. Y es ahí, en mi opinión de lector, donde radica su fuerza y es sello de su indiscutible talento: sacrifica la arquitectura poética en aras de lo íntimamente comunicable. En el único poema que de él guardo no está la escuadra ni el compás del poeta que desde la escuela hemos aprendido a leer. Son oraciones ordenadas en jornadas que se acercan al acto poético y dejan que el sentimiento las explore, las paladee, las disfrute en su individualidad gustativa y digiera la perla de gran precio. Es una poesía de imágenes y sensaciones expresadas en forma sencilla. Si dijera que su genialidad consiste en el texto, mi juicio sería incompleto y fácilmente rebatible. Consiste, además, en cómo llegar a su conformación. Y eso sólo yo y unos cuantos lo sabemos: tuvieron que pasar meses para presentarlo y decir que todavía no estaba acabado. Un gran artista no es aquel que vende muchos libros ni está a la moda (salvo algunas excepciones) ni siquiera es aquel capaz de estar en labios de muchos: si ese fuera el caso, la literatura de superación personal, de autoayuda o lo que proviene de Oriente nos habría aniquilado. Un gran literato no se conoce tanto por terminar una obra, sino por la forma en que llegó a ella y cómo la terminó. Y ese es el caso de Yonny Vanegas. A primera vista puede parecer que perdió mucho tiempo eslabonando frases y frases, pero el punto final del poema lo redime de los juicios crasos. Hablando no como lector, sino como escritor, en cada jornada se ve el tachonazo, el borrón, el papel arrugado entre las manos porque la sensación no se deja aprehender por la tinta, las horas arduas de una pieza sencilla a primeras luces... sólo quien ha padecido las horas penosas de la composición puede dar fe de ello. Y al final, como él mismo lo expresó aquella tarde que lo hizo público a cinco contertulios, el resultado fue la misma insatisfacción que lo espoleó durante el proceso. Particularmente aprendí que a uno siempre lo acompañará en sus vigilias creadoras la insidiosa sospecha de hacerlo mejor.

El poeta que se resiste a serlo: el poeta que siente el abrumador peso de llamarse a sí mismo poeta. Quien conoce el vasto contenido de tal denominador y no se cree digno del nobiliario título. "Por eso tienes que ser tú" le declara el emperador Marco Aurelio al general Máximo en la conocida película Gladiator. Por eso tiene que ser él -el poeta que desde sus entrañas aspira a serlo pero detesta que el vulgo así lo llame, como si ya hubiera alcanzado el pináculo de su labor creadora- aquel que dirija a las generaciones emergentes de aspirantes a poetas para que el arte se renueve y se refresque. No creo tanto en su talento como en su capacidad de autocrítica y autocorrección. Y es así como se forman los maestros de todos los tiempos, porque el genio necesariamente nos sobrepasa...

domingo, 20 de junio de 2010

¿QUIEN ESCRIBE PENSANDO EN DINERO? (III)

EL CASO DE LOS POETAS
¿El dinero está presente mientras se escribe?
Probablemente sea, en el mundo de la literatura, el poeta el individuo más miserable que exista. No sólo debe exponer su trabajo al gusto público y esperar su anuencia sino también lidiar con el gusto propio en una tarea que produce poco y espera mucho. Eso explica por qué la industria editorial los ignora, apeteciendo los otros géneros. Un prosista -llámese novelista o cuentista- puede abrigar la esperanza de vivir de sus letras, pero un poeta que comparta semejante ambición es apenas comparable a un mendigo o a un idiota. Por eso los poetas escasean o se dedican a otras tareas para subsistir. El oficio del poeta es doblemente difícil: antes de pensar en los otros -el gran público- debe pensar en sí mismo y tejer versos que no lo defrauden. Apenas termina un poema, debe leerlo dos o tres veces, luego leerlo en voz alta saboreando el ritmo, la cadencia, la métrica, la dicción...es difícil, lo repito, quedar plenamente satisfecho con el verso terminado: siempre se queda con la sospecha de hacerlo mejor. Cuando se decide a presentarlo, lo hace entre unos cuantos amigos que lo conocen bien para que su cariño fraterno compense las falencias del verso y el vuelo alígero de la inspiración primera.
Uno escribe poesía para el disfrute propio, muchas veces para soltar la mano y dejar en un papel perdible aquello que no precisaría leerse en una tertulia; otras, no menos santas, para alguna muchacha que nunca sabrá apreciarlos. Acaso sean versos flamígeros como los de Machado o Martí, delicados como los de Silva, juveniles como los de Neruda en su archiconocido poema... pero ninguno de ellos tuvo en mente ponerlos en circulación y mucho menos cobrar por escribirlos: la poesía es un arte secreto que, pasado el tiempo y madurado el criterio, se vuelve proscrito. La poesía está destinada al cajón del escritorio: por pudorosas razones, éste no debiera abrirse. Es por esto que hay poetas que se resisten a serlo y detestan que así los llamen. En mi opinión, hacen bien. Causa simpatía la imagen de un poeta que peregrina por las editoriales con un texto torpemente mecanografiado: su actitud es antinatural. Los versos de los que es capaz están destinados a la posteridad, la gaveta o la basura. En poesía, especialmente, no hay términos medios. ¿En qué momento piensa en dinero? Para un poeta, la sola insinuación es repudiable. Y tiene que serlo, porque su trabajo es inspirado. Se debe hablar como los grandes y hurgar en el sentimiento para que las palabras, como un pozo petrolero, estallen de súbito y conformen el poema. Es curioso: los poetas que hoy celebramos, publicaron por diversas razones, menos por las financieras. El caso que me viene a la mente es Jorge Isaacs: aunque su obra no es propiamente poética, su destino sí que lo fue. Después de enriquecer a muchas editoriales con su María, sólo recibió algunas regalías que no pagaron un entierro decoroso.
Por eso el poeta no busca lucrarse de su talento. En literatura, el caso del poeta es la apuesta más alta. Se deja todo sobre la mesa a sabiendas que la ruleta es caprichosa. Entonces ¿cómo es posible la poesía si no se paga a ella misma? O una pregunta más seria, definitiva: ¿es pensable un poeta de tiempo completo? Personalmente, no he visto el caso. Pero es posible. ¿Cómo? Solamente de un modo: por el genio. ¿Es pensable un genio poético? Personalmente, sí he leído el caso. ¿Dónde? Hay que ver los anaqueles de poesía de las librerías y apreciar las obras inmortales. Pero incluso el genio no está exento de las dificultades prosaicas de sus cofrades, los prosistas. ¿Por qué? Porque ni siquiera el genio poético puede lograr un consenso. ¿Cómo es eso posible? Volvemos a mirar los anaqueles: hay simpatizantes y detractores de tales obras. En este escenario nada apocalíptico el poeta está sentenciado a pasar inadvertido con su obra torpemente mecanografiada y, en el mejor de los casos, guardarla para una mejor ocasión. A veces los publican, claro...

viernes, 18 de junio de 2010

¿QUIEN ESCRIBE PENSANDO EN DINERO? (II)

EL CASO DEL PERIODISTA

¿Se piensa en dinero mientras se escribe?
Claro que hay que llenar la nevera. ¿Quién escribe con el estómago vacío? Yo no soy capaz de empuñar la pluma con hambre. ¿Y desarrapado, malvestido? ¿O con la desvergueza de ver a sus seres queridos faltos de las condiciones básicas para sobrevivir? Es obvio que nadie: hay que subvenir las necesidades tanto personales como familiares. Eso está claro, es conveniente. Pero de ahí a determinarse pagar esos gastos con el dinero que la pluma pueda erogar es otra cosa.  Es una decisión temeraria, en el mejor de los casos, y una ambición prometeica, en el peor, porque incluso los grandes maestros de la literatura de todos los tiempos no se vieron remunerados sino hasta muy entrados en años, cuando la fama tocaba sus puertas.
Ahora bien: no es lo mismo ganar dinero como periodista que como escritor, aunque ambas actividades tengan en común los veintitantos caracteres del alfabeto. Quien afirme que vive de las letras por su labor periodística o por emplearse en un medio escrito, llámese revista o magazín o semanario, no sólo no contesta a la pregunta sino también dista de hacerlo, porque el periodismo, como las ingenierías o la abogacía, son profesiones establecidas que titulan a sus estudiantes para ejercerlas. El cartón los habilita. El escritor, por el contrario, no puede pronosticar la aceptación que logrará su obra y mucho menos si recibirá tanto dinero como quisiera. En literatura, la musa excluye el cálculo. Y nos vemos arrojados al huracán de la aceptación pública. El periodista, por otra parte, vive de las letras que un consejo editorial le obliga a poner diaria o semanalmente anclado al hecho periodístico. Y eso, por fuerza, no es literatura. Será acaso un buen artículo, ingenioso si se quiere, pero no literatura. Sólo contadas veces el periodismo se acerca a la literatura, y es en la crónica y el reportaje, donde hay tanto de invención como de realidad. El resto es simplemente artículos armados con la plantilla de las siete preguntas que se llena con nombres, expresiones y circunstancias que aseguren al lector. La página roja del periódico no es literatura, es sólo eso: una página roja. Y el dinero ganado por tal redacción es tan prosaico como el que gana un albañil o un obrero. Nada más.
Hay escritores que fueron periodistas, probablemente en su gran mayoría, lo que no quiere decir que tal aspecto sea una conditio sine qua non para el arte literario. Lo uno no implica lo otro, ni siquiera lo sugiere. Por eso algunos periodistas se dedican a la literatura, y cuando llegan a ella, a pesar de los años que lleven en la redacción, son tan novicios como cualquier fulano. Sólo entonces tendrá para ellos sentido la pregunta, antes no. No hay que arañar la epidermis. La experiencia del periodista, por fuerza, queda en el pórtico del templo de la literatura y se ingresa con la cabeza gacha y el temor reverente del iniciado. La musa, como los olvidados dioses de antaño, prueba los corazones para entregar sus atributos. Es pródiga si los encuentra dispuestos; si los halla incapaces simplemente no habla. Y la aspiración al dinero incapacita, porque nos obliga a ser complacientes. Y todo se soporta en el arte -incluso el mal arte tiene sus excusas- pero lo que no tiene perdón ni en el cielo ni debajo del cielo es la complacencia. Que el dinero ganado por las letras sea porque un lector se sienta cautivado por vos, o no habrá dinero. Pero los periodistas-escritores lanzan libros, celebran exposiciones y cosas así. De sus libros están atiborrados los anaqueles de moda, pero ya tendrán su pago. Así como se hablaba del falso profeta en la antiguedad, también es válido hablar hoy del escritor que no lo es o, en palabras para mí más cercanas, del escritor mediocre.
Cuando a David Hume, filósofo inglés, lo interrogaban sobre la suerte de un libro que no le gustaba, su respuesta no daba lugar a dudas: "Déjaselo a las llamas"...

jueves, 17 de junio de 2010

¿QUIEN ESCRIBE PENSANDO EN DINERO? (I)

MEDITACIONES ALREDEDOR DE UNA PREGUNTA CAPCIOSA
Hace unas noches, en el calor del Primer Encuentro Distrital de Literatura, lancé una pregunta que resultó ser -en palabras familiares- un detonante. En ese contexto, la respuesta era de esperarse. Tan sólo mentarla era una perogrullada. "¡Vaya pregunta!" pensarían muchos tratando de contener la carcajada. El murmullo que recorrió la sala confirmó la tentativa. Pero esa reacción y la respuesta que la siguió es lo que inicia esta serie de artículos porque una pregunta no es importante por lograr responderla sino por formularla de la manera correcta. La pregunta había que hacerla, precisamente porque comporta un antes y un después en aquel interesado en las Letras. Es ese tipo de preguntas que definen una trayectoria, un camino. Y responderla no es deber de una asamblea, sino de un individuo. Por eso hay que tomarse un tiempo para pensarla y otro para abarcarla. Para finalmente sugerir una respuesta. Tal respuesta es para mí y desde el instante en que yo la conteste será el faro de mis próximas exploraciones; la estrella rectora que, como los sabios de Oriente, me lleven a la cuna menesterosa del Rey de Reyes. Como era de esperarse, la pregunta tuvo, por economía de los tiempos, respuesta oportuna, y cada uno de los panelistas sustentó convincentemente su afirmación. Sustento basado en su trabajo como escritor. Pero, a su pesar, pasaron por alto un detalle: la pregunta no estaba dirigida tanto al panel como al auditorio; no estaba tanto para ser discutida por los panelistas como para ser propalada entre el auditorio. Y esa perspicacia, a mi juicio, es lo que suscitó el perogrullo. Y, por tanto, el consecuente murmullo que acompañó la respuesta.
Como decía, los panelistas sustentaron su afirmación. Su credibilidad no está en lo que de sí mismos puedan decir sino en su trayectoria como literatos y los premios y honorarios ganados por su pluma. Pero ellos son un después de, es decir, constituyen un futuro labrado en gran medida en un antes de, cuando nadie habría apostado un céntimo por su talento. Y es esa confusión de los tiempos lo que hace capciosa la pregunta, porque nadie en su sano juicio (salvo que sea un genio) puede decir que va a conseguir dinero inmediato por sus primeros tanteos gramaticales. Y esos son casos excepcionales y fugaces, como Louis Ferdinand Céline con su "Viaje al final de la noche" o Alberto Moravia con "Los indiferentes". Para alguien que en efecto se le pague por escribir, la pregunta tiene una respuesta inmediata, simultánea al respiro o al latido del corazón; un escritor profesional tiene derecho a su paga, pero -y es otro cariz que la pregunta provoca y está sujeto a polémica- la literatura no es una profesión.
La gran ventaja de las regiones artísticas es que yo, frente a una misma cosa, puedo decir sí o no y justificar ambas alternativas con argumentos suficientes. Para hacer justicia a una y otra postura presentaré diversos casos donde el dinero está íntimamente integrado a la pluma y otros donde sencillamente la ausencia del mismo es la regla. Y debe ser así para no caer en el error de la primera ojeada. No hay que arañar la epidermis. Si la literatura es -a mi parecer- un arte, el artista de la pluma, por responsabilidad consigo mismo, debe pararse frente a todos los escenarios posibles y decidir aquí y ahora en cuál se sentirá mejor, sin abjurar de su arte, dondequiera que lo lleve. Y para llevar a cabo tal juicio debe ser lo más sincero posible, y la primera sinceridad que nos presenta la musa es ésta: pensar ni consuela ni hace feliz. ¿Cuál es la prueba? De cada cien aspirantes a literatos, uno logra salir de la cloaca anónima y presentar una obra apenas digerible. Lo que me interesa en el transcurso de estos artículos no es él, sino los noventa y nueve restantes que no lograron matar al león, escribir aquella obra reveladora. Y de fracasos y decepciones, precisamente, es que se nutre el arte. William Ospina dice que la historia se interesa por los ganadores y el arte por los perdedores. Finalmente la profundidad de la pregunta consiste en interrogar a cada uno en qué lugar se sentirá quizá no feliz, sino menos miserable.

viernes, 25 de enero de 2008

UN SUICIDIO MUY LITERARIO

Poco o nada interesan los móviles de su autoinflingida muerte: al igual que otros suicidas, aquel hombre otoñal puso punto final a su destino con la desconcertante convicción de los últimos instantes. Y, al igual que sus pares, quizá dejó para la posteridad periodística y para la memoria hiriente de sus deudos alguna carta donde explique los pormenores de su propósito redentor. Poco o nada sirve indagar su vida y los minutos previos de su calculado deceso: es sabido que las acciones de los hombres, aún de los más eximios, son tan aburridas y domésticas como sus momentos trascendentales. Pero lo que diferencia a éste de los otros suicidas que nombran las estadísticas es el escenario elegido para apretar el gatillo.
Los escasos medios que reseñaron la noticia mostraron la disciplina de un hombre que todas las mañanas asistía a la biblioteca Virgilio Barco y leía de cabo a rabo los periódicos exhibidos gratuitamente en la sala de lectura. Como los muchos que abarrotan las bibliotecas, su presencia hasta ese día debió ser inadvertida, menos para el infaltable guardia que por un sueldo y una urgencia alimentaria cela las puertas y para el bibliotecario que debió rescatarlo de su inventario mental gracias a la rutina de sus lecturas. Pero ni el uno ni el otro advirtieron la razón de su persistente hambre informativa: en las sofocantes horas matutinas aquel hombre entrado en años planeaba, ante el ofensivo papel blanqueado de los periódicos y con minucia proverbial, cómo iba a darle punto final a su vida de una manera diferente a los otros suicidas y que en alguna medida nos involucrara a quienes no lo conocimos. Y uno de muchos días, la encontró.
Que un hombre se suicide no tiene nada de literario, ni siquiera de artístico: ni sus motivos, ni el método empleado para la comisión de su temeridad, ni lo enrevesado de su circunstancia importa cuando se califica tal acto en términos de arte. Lo que lo hace digno de atención, o por lo menos recordable, es el escenario. Las tragedias clásicas han agotado todas las posibilidades; los venenos y los cuchillos hoy nos parrecen tan prosaicos y trillados como la mentira piadosa o los crímenes pasionales. Así como de la naturalidad de un saludo o del artificio de una mirada podemos inferir el mapa psicológico de tal o cual, así también el escenario del suicida nos concede ciertas licencias para extractar la totalidad de su existencia interrumpida sin temor a equivocar los juicios. Los amorosos prefieren el vacío, los ahogados en deudas los espacios cerrados y los depresivos la horca, pero este hombre escogió el exotismo de un centro cultural, como la biblioteca. Su suicidio nos permite inquirir lo que fue el dislate de su vida mejor que la usual misiva que dejan los suicidas, con un valor agregado: la inferencia de los detalles hace que reconstruyamos su tragedia personal y le agreguemos otros no vistos que acercan su nombre y su sino al plano artístico, donde muchas veces hemos percatado, no sin cierta dosis de indignación, que la vida copia al arte.
"Los hombres que mueren por sus propias manos siguen hasta el final la pendiente de sus sentimientos" escribe Camus. Para este caso particular, la sentencia cobra importancia. ¿Cuántos de nosotros, algo romantizados, alguna vez no pensamos que la mejor muerte es aquella que viene en el ejercicio de lo más amado? ¿Cuántos no ficcionamos con morir haciendo lo que más nos gusta? Quizá pensó (con razón o sin ella, es baladí) que el mejor final consiste en el deleite profano de la cultura y tan ambiciosa predilección lo arrastró a frecuentar un recinto difícilmente disfrutable en las regiones de los muertos. Si ese gesto es interpretable lo es, precisamente, desde la contemplación artística: la biblioteca como escenario de una muerte voluntariadeja en el aire una pregunta inconclusa con la cual el resto de los hombres convive sin preocuparse por ella, ni siquiera por hacérsela. Sin la pretensión estéril de erigir héroes o santos, aquel hombre de sesenta y tres años eligió el escenario que en su opinión mejor podría definirlo para la posteridad sin patetismos, pero tampoco sin arrogancia. Matarse por un motivo es tan fútil como vivir sin él. Por eso poco o nada interesan las razones de su última decisión ni que las haya dejado escritas: su suicidio con aire literario en la biblioteca es más diciente y lo reivindica en un palco de la galería de los suicidas como aquel que se mató por reflexión, porque simple y llanamente juzgó que la vida no merece ser vivida. Con él se hace patente ese dicho vulgar que reza que un acto vale más que mil palabras y ensombrece otras tantas...