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viernes, 22 de febrero de 2008

SALTEADORES DE ESTRELLAS A LA VISTA

A Karina Soto, Farina y Julio
Salteadores de estrellas con suerte.

Si algo nos trajo la moda del reality fue esa procaz ambición de figurar, ambición que incesantemente roe las entrañas de las gentes sin nombre y las empuja a las mayores ridiculeces posibles. Si algo nos enseñó tal moda fue, al decir del corrido: "Sin talento no busques grandeza, porque nunca la vas a tener".
El Canal Caracol por estos días está reviviendo esa moda importada. Esat vez, se trata de una coreografía cuya música artificial anuncia uno de usu productos de mayor rating seguido por millones de jóvenes en todo el continente, que varían en sus gustos casi tan rápido como las modas con que se adornan. Incapaces de erigir por sus ptopias manos un derrotero o, por la menos, seguir una idea hasta sus ultimidades, hallan en la predilección de los muchos el analgésico adecuado a su ineptitud espiritual. Pero eso es lo de menos: la oportunidad de ser fisgoneado por una cámara está a su alcance y ella, la que levanta y derriba ídolos, sólo precisa de sus adoradores la patética algarabía que acompaña sus fútiles sueños. Veremos, como años atrás lo vimos cuando la novedad del reality estaba en su cenit, interminables filas de gentes rodeando manzanas que buscar trepar con arañazos a la falacia del mundo del entretenimiento poniendo todo su empeño y toda su fe ( si a su actitud supersticiosa se le puede llamar fe) en los diez o quince minutos que la cámara les concede para demostrarle al país y de paso a ellos mismos que merecen el aliento irreprochable de la providencia y que su vida no está del todo desperdiciada.
Participar del mundo de los hombres, Vivir, en el sentido más amplio del verbo. Degustar con paladar saludable el arrobo divino de la autosatisfacción. Disfrutar con sano deleite el requiebro de la mañana y regocijarse en él, abandonerse al olvido de sí mismo sin que nuestras entrañas nos reclamen ese eventual acceso de locura... todas son sensaciones reservadas para quien se sabe predestinado a la gloria. Lo trágico, lo verdaderamente dramático ocurre cuando ese delirio del arte es usurpado por las gentes del mercado y tales tenderos abusivamente lo convierten en patrimonio de la humanidad. Entonces tal beatitud se vuelve frívola y su goce, antes catártico, se torna obsesivo a tal grado de hacer lo que sea por obtenerlo:es el momento de los salteadores de estrellas. Que haya una explosión inusitada de "talento" para modelar, cantar o actuar se debe a esa aspiración primitiva de posarse sobre los demás y demandar su simpatía y sus aplausos. Esos eventuales avivamiento de sueños son tan rentables y sus utilidades tan jugosas que se pueden amasar súbitas fortunas moviendo las fichas claves en el ajedrez del mercado televisivo: la gente quiere ver que uno -al menos uno- logra lo que a la masa le es imposible: hacer realidad el sueño de la cenicienta. Pero los cuento, cuentos son, y el tiempo, que es un sepulturero ecuánime, nos enseña que la cenicienta está condenada ab aeterno a desaparecer del salón a las doce y continuar con su irremisible servidumbre.
En estos tiempos todos tienen talento. Es una enfermedad, como la peste. Y, como la peste, puede ser contagiosa. No demoren los días en que uno vea multitudes de parapocos acampando en las aceras por dos días a la espera de una audición redentora de su miserableza, en que vea de aquí para allá improvisados danzarines y cantantes a capela aullando lo mejor que pueden para convencer al jurado, al omnisciente y todopoderoso jurado. La gente (sobretodo los adoradores, los que pasan horas enteras frente al embrujo de la pantalla codiciando lo que ni el mejor de sus sueños les daría) tiene más hambre de fama que de pan. Nunca fue tan evidente, en ninguna época, la repulsa que los muchos sienten al anonimato, al morir sin que se sepa que existieron. Pero eso no es lo reprochable. Lo es, por el contrario, la forma como quieren alcanzarlo: por el ridículo.
Se acercan nuevos tiempos de salteadores de estrellas. Por cada mil hay (debe haberlo: es exigenciala excepción para validar la regla) por lo menos uno que lo logra. Y cuando lo logran ponen de manifiesto toda la pobreza y el trago amargo en que se desenvolvió su vida hasta el momento que se les apareció la virgen: procuran cargarse de cadenas de oro, joyas y ropa de diseñador. Lejos de inspirar mi respeto o mi admiración, me provocan arcadas insoportables. Aquel que no era nadie y ahora, gracias a un día de suerte, es algo; aquel que de la nada salió y gracias a su talento (repito: no hay nada tan plástico y artificioso como lo que llaman talento de artista de reality) logró vencer las adversidades y conquistar su sueño; aquel que alcanzó una estrella... es demasiado. A veces los productos de televisión nos exigen demasiada paciencia, autoengaño, consentido fingimiento cercano a la hipocresía actoral. Por eso he dejado de ver televisión.
Dichoso yo y los de mi generación por haber nacido en la época en que nació Isabel Mebarak y la vimos surgir, la vimos ascender a esas alturas inaccesobles desde donde nos regala la exquisitez de su prodigio artístico...

miércoles, 13 de febrero de 2008

EL INFIERNO, SEGUN BENEDICTO XVI

"Bebí un famoso trago de veneno, ¡tres veces bendito el consejo que tuve¡ Mis entrañae me queman. La violencia de la ponzoña retuerce mis miembros, me deforma, me derriba. Me muero de ser, me ahogo, no puedo gritar. ¡Es el infireno, el castigo eterno! ¡Miren cómo se eleva el fuego! Ardo como es debido. ¡Ve, demonio!
La visión poética de Arthur Rimbaud del infierno en su NUIT DE L'ENFER (Noche de infierno) ha sido ampliamente corroborada por el Santo Padre en los últimos días. Según sentencia el inquisidor: "El infirno sí existe y está lleno". El inquisidor ( porque el Santo Oficio de la Inquisición, para seguir operando, cambió su denominación empresarial al más moderado y menos escandaloso nombre de Congregación para la Doctrina de le Fe, orden en la que Joseph Ratzinger desde 1981 ejerció como prefecto) revive así una discusión tanantigua como la humanidad misma, sólo que en esta ocasión reivindica el tema como dogma de la iglesia, a la vez que abre las convocatorias al lugar tan temido por la mayoría de la gente, creyentes o no.
Vale la pena preguntarse: ¿Cuáles son los destinados al fuego que no se extingue? ¿Quienes se están consumiendo en él? Siguiendo la línea de pensamiento del pontífice (línea influida por la Congregación) el infierno recluiría nombres tan insignes como Giordano Bruno (cuyo suplicio vaticinaba su porvenir eterno), Voltaire (que en el siglo de las luces fue anatematizado por su enconado anticlericalismo y, en represalia, no se le permitió reposar en campo santo) y Lutero (cuya actitud reformadora le valió la excomunión y posterior expulsión del catolicismo) sólo por mencionar algunos. Pero también otros, aunque no tan insignes, como es el caso de los miles de judíos y protestantes atormentados en las sofisticadas máquinas de tortura que se desarrollaran en el oscurantismo bajo el auspicio de la iglesia. Personas cuyo pecado mortal consistía en no compartir el credo católico o invocar a Dios con otro nombre sin la arbitraria anuencia de los prelados. Pero nuestro panorama no es más optimista: si aceptamos esa Escritura que dice que no hay un justo, ni aún uno, entonces todos los desterrados hijos de Eva estamos en la lista de espera con un número en la mano porque el infierno, al ser un dogma católico, no acepta una posible remisión que concuerde con sus estatutos. Lo único que queda esperar es que los curas salgan a las plazas públicas, alcancía en mano, y exhorten a su feligresía fanaticada por el terror al infierno a mitigar el dolor abrasador con el tintineo de las monedas, como ya ocurrió hace siglos, con similares admoniciones, en el comercio de las indulgencias.
Hay que entender al Papa: en un siglo donde la vocación religiosa está en crisis, el único medio a la mano para asegurarse la seguridad de sus tributarios y mantener el redil en orden y sumiso al cayado del pastor es el terror al infierno. Aquí, el fin sí justifica los medios, porque es santo: se trata de arrancar de las llamas eternas la infatigable cadena de condenados que, una vez nacidos, ya son culpables, como lo enseña el catecismo. El Papa, en su actitud apostólica, ha tomado lo más efectivo que la iglesia tiene para gobernar las almas, ya que no los cuerpos, cuyo señorío se perdió en la unificación italiana reduciendo los dominios papales a la Ciudad del Vaticano que, sin tintes folklóricos, es genuinamente en su arquitectura y lo exquisito de su decorado, la sucursal del cielo. Y tal actitud es efectiva, si atandemos el evangelio: estamos (y en ello los predicadores cristianos con vehemencia desgastan su retórica) en el final de los tiempos, ad portas de Armagedón. Todas las generaciones creyeron ser la última, por eso todas elaboraron, bien o mal, su particular visión del día del juicio. Sobretodo en ésta, las señales jamás fueron tan evidentes y los signos tan contundentes. Cristo vaticinó la extensión de la buena nueva a todas las naciones y Joseph Ratzinger, fiel a esa sagrada comisión, incendia la conciencia pecaminosa de sus ovejas con la proclamación sin parangón de la reapertura del infierno, donde "el gusano no muere y el fuego no se apaga".
Sea por la coerción del terror, por la convicción del pecado, o por la redención del sacrificio en la cruz, el cielo necesita ser habitado. Eso se deduce del mensaje papal. ¿Cómo lo hará? ¿De qué forma atiborrará el reino de Dios con millones de almas salvadas en un avivamiento provocado por la cobardía? Los medios producen escalofríos. Imagino un potro, una silla erizada de clavos, una cama medieval que disloca los miembros en un dolorido estiramiento. Parece que nada, ni en este mundo ni en los otros, impedirá que el inquisidor alcance la declaración salvífica de los católicos, como en otro tiempo Torquemada obtuvo por el suplicio confesiones de herejía o conversiones milagreras de judíos abrazando la cruz. "Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno" escribe Borges. Incluso los agnósticos corremos el riesgo de ser procesados por el tribunal, de la misma forma como joseph k. lo fue. Sólo nos resta abrigar la dignidad telúrica de arder como es debido...

miércoles, 6 de febrero de 2008

COLOMBIA AMARGA

El pueblo que la Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) pretendió representar en algún instante de su violenta historia fue el mismo que contra ella marchó multitudinariamente; y no sólo en Colombia, sino en más de cien ciudades del orbe. El resquicio de favorabilidad que pudo haber recabado frente a la opinión pública con la marcha quedó anulado y las facciones nórdicas que la apoyan tuvieron que entender a gritos que no representan a ningún pueblo y que su causa (si alguna vez tuvieron alguna) con sus actos de flegrante terrorismo y abiertamente inhumanos se ha desvirtuado, se ha deslegitimado, y tal deslegitimación les pasa factura pidiendo su disolución. Como usualmente lo hacen (y se hace extraño que a esta hora no hayan emitido un comunicado) tratarán de invalidar la marcha aduciendo que las oligarquias y las clases dirigentes fueron quienes las propulsaron, lo cual es tan risible e ingenuo como querer ocultar el sol con un dedo. Quedó claro que la convocatoria fue una iniciativa preponderantemente ciudadana y en ella llegaron a confluir sin distingos ricos y pobres, cultos e iletrados, porque una misma tragedia y un mismo clamor los fraternizó por tres horas.
En alguna época de mi vida intenté comprender su causa, aún cuando no se ocuparon en explicarla. Quise entender su ideología aún cuando sólo se interesaron en reclutar borregos que engrosaran las primeras filas de la escolta personal del secretariado en vez de ganar adeptos con la suiciente convicción de empuñar un fusil, pero mis románticas intenciones, gracias a la crueldad de su trato con los "prisioneros de guerra" (soldados y policías apresados en hostiles emboscadas a pueblos y unidades militares que ya llevan luengos años internados en la selva húmeda) , a la sevicia de sus actos innegablemente terroristas (donde uno no alcanza a concebir qué ideología o que causa justifique dinamitar un CAI usando a un burro o atacar con pipetas de gas una iglesia ocupada por mil persones que buscaban en medio del fuego cruzado salvar sus vidas, quizá pensando con las mejores razones del mundo que incluso el más temerario respetara la casa de Dios, como fue la masacre perpetrada años atrás en Bojayá) y a la renuencia estúpida que han demostrado al ignorar las reclamaciones casi agónicas de las otras víctimas del conflicto, como lo son los familiares de los secuestrados, fueron de tajo frustradas y me arrastraron al río humano que hiy por hoy, cada vez con mayor fuerza, al unísono grita NO MAS FARC.
En mis veinticinco años no he escuchado que Colombia haya vivido un solo día, al menos uno, sin la necesidad de empuñar un arma. Incluso las fiestas religiosas y las ceremonias de mayor pompa que señala el calendario son susceptibles de ser signadas por la metralla y por la dinamita. No ha habido un sólo día de pax romana porque las FARC nos enseñó -y recuérdese el fallido proceso de paz con Pastrana- a negociar en medio del fuego. No mesorprende que no tengan voluntad de paz, como acaso era deble en el M-19 hace unas décadas, lo que me sorprende es que se crea que la tienen. Las FARC fueron fundadas por Marulanda, que a su vez es un rédito de las guerras de mediados de siglo entre godos y rojos y, por tanto, un funesto producto de nuestra particular historia plagada de dislates políticos. Por eso me sorprende, también. que haya quienes crean que con un hombre así se pueda llegar a algún acuerdo moderadamente decente, como en su momento con Carlos Pizarro se pudo hacer. En mis veinticinco años, temo, la solución final al conflicto armado es la vía militar, derrotar a las FARC hombre a hambre, con todo y sus costos humanos. Y en esta afirmación vacila mi pluma, incluso tiembla. Y llego a esa conclusión porque ví, mientras el teatro propagandístico del Caguan era seguido por millones de televidentes de todo el mundo, a Raúl Rayes poner el fusil en la mesa de negociaciones y oí al Mono Jojoy decir en la misma plenaria que mientras tuvieran ese fusil las FARC existirían porque el poser lo tenía el que tenía las armas.
Y al auscultar tal probabilidad me es difícil no identificarme con el familiar del secuestrado, que seguramente ha sufrido una y mil pesadillas. Somos paradójicos: queremos y no queremos. Queremos erradicar la mala hierba pero, al considerar los medios, de súbito no queremos. Es claro que el fin nunca justificará los medios, por eso preferimos marcha y clamar por una solución pacífica al conflicto, así para ello nos renunciemos a esperar que pase la generación de Marulanda y del secretariado y luego, por alguna ventura divina o por algún afortunado tirar de dados de jugadores divinos, a la cúpula de la guerrilla más antigua del planeta llegue alguno menos cruel, menos sanguinario y algo civilizado con el que se pueda entender en términos humanos...

miércoles, 30 de enero de 2008

VENEZUELA : TAMBORES DE GUERRA

Y no precisamente de una guerra espiritual, como canta un popular salmo cristiano: esta situación se veía venir desde que Hugo Chávez decidió invertir sus petrodólarers en el equipamiento sofisticado de sus fuerzas armadas. Helicópteros de última tecnología rusa y armas de largo alcance no es algo que se pueda pasar por alto, sobretodo cuando Venezuela ni está en conflictos militares ni tiene enemigos. Tampoco se puede aducir, para justificar semejante carrera armamentista sin precedentes en el país vecino, que desde Colombia se esté planeando una agresión militar orquestada por Estados Unidos, como en repetidas ocasiones ante los micrófonos de Aló presidente Hugo Chávez lo ha denunciado. Esto huele mal y los nubarrones en el horizonte, a medida que pasan los días y mientras vienen y van declaraciones, se ciernen sobre las buenas relaciones que deben primar sobre dos repúblicas hermanas cuyo común denominador es la gloria de las gestas emancipadoras.
El meollo de las tensiones consiste en la abismal diferencia militar que tenemos con respecto a Venezuela: mientras nuestros soldados se han dirigido a contraarrestar la ofensiva guerrillera y a no conocer de la guerra más que el constante acoso de las emboscadas y las escaramuzas del monte, el ejército venezolano está preparado para afrontar un conflicto de grandes magnitudes gracias a la desproporcionada maquinaria bélica que el coronel Chávez en los últimos años con esmero se ha dedicado a aceitar atendiendo los insaciables requerimientos que su ambición personal le impondría, llegado el caso. Uribe no estaba tan errado cuando en la diplomacia de micrófono insinuó un proyecto expansionista de su homólogo venezolano: como los dictadores de antaño y emulando el gesto del libertador, Hugo Chávez pretende fundar en estos principios de siglo el primer imperio de los tiempos modernos como se hacía a la antigua: a sangre y fuego.
Por eso preocupa la vecindad de Chávez: por la teoría del "ataque preventivo que, sin claramente enunciarla, en estos días se esfuerza por justificar. Lo hemos visto denunciar ante las cámaras que, desde Colombia, Estados Unidos amenaza su revolución bolivariana y desde Colombia los girngos estarían planeando su caída. Y entre declaración y declaración es inevitable el dislate de la guerra: una actitud semejante la vimos años atrás cuando Bush buscaba el asentimiento internacional para invadir Irak y apoderarse de su riqueza petrolera esgrimiendo demagógicamente argumentos de libertad y democracia. Y ya sabemos, hoy por hoy, en qué ha terminado Irak: en una interminable secesión de una dictadura a una no menos azarosa democracia en pañales. Es fácil en el contexto internacional justificar una agresión militar arguyendo un ataque preventivo y esa facilidad es la que nos eriza la piel. Esa teoría, dee la cual el país del norte ha sido su principal adepto y su más elocuente apóstol, nos tiene ad portas de una confrontación que ni colombianos ni venezolanos queremos realmente. La posibilidad de pasar de un ataque preventivo a una guerra total es alta: sólo se necesita más leña para que arda la hoguera. Y leña es lo que hay. Hgo Chávez raya en la paranoia cuando ve en todas partes conspiradores y opositores; bien definió su actitud el presidente Uribe en la única declaración que ha hecho sin intermediarios para defenderse de sus injurias: incendia el continente con su lengua.
Gabo hace decir al fiel sirviente de Simón Bolívar en El general en su laberinto: ·Lo que mi señor piensa, solo mi señor lo sabe". Lo que Chávez esté planeando (si acaso tiene un plan que trascienda sus fronteras políticas) sólo queda reducido a la intimidad de su gabinete y de ello sólo nos cabe conjeturar con mayor o menor zozobra. Quizá este artículo sea meramente especulativo y todo lo aquí escrito tenga acertadamente por depositario el bote de la basura; quizá Hugo Chávez no tenga un proyecto expansionista ni Colombia esté en la mirilla de su rifle. Quizá, asímismo, la posibilidad de un ataque preventivo ronde mi cabeza sin ton ni son y nunca se realice. Pero si tengo razón ( y habrá que rogar para que así no sea) quizá debamos, como está escrito, preocuparnos por nuestra salvación reverencialmente con temor y temblor...

viernes, 25 de enero de 2008

UN SUICIDIO MUY LITERARIO

Poco o nada interesan los móviles de su autoinflingida muerte: al igual que otros suicidas, aquel hombre otoñal puso punto final a su destino con la desconcertante convicción de los últimos instantes. Y, al igual que sus pares, quizá dejó para la posteridad periodística y para la memoria hiriente de sus deudos alguna carta donde explique los pormenores de su propósito redentor. Poco o nada sirve indagar su vida y los minutos previos de su calculado deceso: es sabido que las acciones de los hombres, aún de los más eximios, son tan aburridas y domésticas como sus momentos trascendentales. Pero lo que diferencia a éste de los otros suicidas que nombran las estadísticas es el escenario elegido para apretar el gatillo.
Los escasos medios que reseñaron la noticia mostraron la disciplina de un hombre que todas las mañanas asistía a la biblioteca Virgilio Barco y leía de cabo a rabo los periódicos exhibidos gratuitamente en la sala de lectura. Como los muchos que abarrotan las bibliotecas, su presencia hasta ese día debió ser inadvertida, menos para el infaltable guardia que por un sueldo y una urgencia alimentaria cela las puertas y para el bibliotecario que debió rescatarlo de su inventario mental gracias a la rutina de sus lecturas. Pero ni el uno ni el otro advirtieron la razón de su persistente hambre informativa: en las sofocantes horas matutinas aquel hombre entrado en años planeaba, ante el ofensivo papel blanqueado de los periódicos y con minucia proverbial, cómo iba a darle punto final a su vida de una manera diferente a los otros suicidas y que en alguna medida nos involucrara a quienes no lo conocimos. Y uno de muchos días, la encontró.
Que un hombre se suicide no tiene nada de literario, ni siquiera de artístico: ni sus motivos, ni el método empleado para la comisión de su temeridad, ni lo enrevesado de su circunstancia importa cuando se califica tal acto en términos de arte. Lo que lo hace digno de atención, o por lo menos recordable, es el escenario. Las tragedias clásicas han agotado todas las posibilidades; los venenos y los cuchillos hoy nos parrecen tan prosaicos y trillados como la mentira piadosa o los crímenes pasionales. Así como de la naturalidad de un saludo o del artificio de una mirada podemos inferir el mapa psicológico de tal o cual, así también el escenario del suicida nos concede ciertas licencias para extractar la totalidad de su existencia interrumpida sin temor a equivocar los juicios. Los amorosos prefieren el vacío, los ahogados en deudas los espacios cerrados y los depresivos la horca, pero este hombre escogió el exotismo de un centro cultural, como la biblioteca. Su suicidio nos permite inquirir lo que fue el dislate de su vida mejor que la usual misiva que dejan los suicidas, con un valor agregado: la inferencia de los detalles hace que reconstruyamos su tragedia personal y le agreguemos otros no vistos que acercan su nombre y su sino al plano artístico, donde muchas veces hemos percatado, no sin cierta dosis de indignación, que la vida copia al arte.
"Los hombres que mueren por sus propias manos siguen hasta el final la pendiente de sus sentimientos" escribe Camus. Para este caso particular, la sentencia cobra importancia. ¿Cuántos de nosotros, algo romantizados, alguna vez no pensamos que la mejor muerte es aquella que viene en el ejercicio de lo más amado? ¿Cuántos no ficcionamos con morir haciendo lo que más nos gusta? Quizá pensó (con razón o sin ella, es baladí) que el mejor final consiste en el deleite profano de la cultura y tan ambiciosa predilección lo arrastró a frecuentar un recinto difícilmente disfrutable en las regiones de los muertos. Si ese gesto es interpretable lo es, precisamente, desde la contemplación artística: la biblioteca como escenario de una muerte voluntariadeja en el aire una pregunta inconclusa con la cual el resto de los hombres convive sin preocuparse por ella, ni siquiera por hacérsela. Sin la pretensión estéril de erigir héroes o santos, aquel hombre de sesenta y tres años eligió el escenario que en su opinión mejor podría definirlo para la posteridad sin patetismos, pero tampoco sin arrogancia. Matarse por un motivo es tan fútil como vivir sin él. Por eso poco o nada interesan las razones de su última decisión ni que las haya dejado escritas: su suicidio con aire literario en la biblioteca es más diciente y lo reivindica en un palco de la galería de los suicidas como aquel que se mató por reflexión, porque simple y llanamente juzgó que la vida no merece ser vivida. Con él se hace patente ese dicho vulgar que reza que un acto vale más que mil palabras y ensombrece otras tantas...

lunes, 21 de enero de 2008

LA VOZ INTERNACIONAL

Es un reconocimiento tardío, es cierto. Alguna suerte de homenaje que eslabonaré en las líneas de este artículo que pretende poner de relieve una labor periodística discreta, carente de ampulosidades y la estridencia de los titulares. Una labor que, sin embargo, no ha tenido la atención que se merece: Margarita Rojas, redactora de la sección internacional de Caracol Noticias, forja un estilo por el cual deberán conducirse las generaciones venideras de periodistas que aspiren relatar los aconteceres del mundo.
En Colombia somos responsables del subdesarrollo que signa la coyuntura actual nacional: nuestra miopía nos impide distinguir entre aquellos que se labran un camino y un nombre a punta de talento, de hacer su trabajo mejor cada día y -sobretodo- de provocar mediante el uso casi artístico de sus facultades el progreso de su profesión, y las artificiosas marionetas que una vez fueron reinas de belleza y se dedican a leer el prompter para ganarse el sustento en los noticieros. De esa regla no hay quien se salve: un rostro hermoso vende más que una investigación seria y exhaustiva, el fino contorno de la silueta femenina es más rentable que las crónicas de vida más dramáticas de diez periodistas. Y mientras los dos noticieros de mayor audiencia sigan condicionándose así para ganar uno que otro televidente adorador de lo inalcanzable, periodistas de la talla de Margarita están condenados o a seguir en el bajo perfil que aquí se les ofrece o a exportar su talento a quien sí lo sepa apreciar.
Ya hay antecedentes de ello: antes de llegar a CNN, Patricia Janiot trabajó como presentadora en un noticiero local de cuyo nombre no quiero acordarme y que le valió ser descuibierta por los productores de la prestigiosa cadena de noticias. Y sólo cuando apareció en CNN aquí nos acordamos que alguna vez estuvo en Colombia presentando las repetitivas historias de un noticiero sin audiencia y que, por tanto, tampoco fue merecedora de nuestro respeto o nuestra antipatía. El otro extremo lo constituye Claudia Palacios, quien hace algunos años trabajó también en Caracol Noticias y hoy dirige y presenta en CNN su propia sección, si no estoy mal, sobre vivienda. Ambas, asu manera, sevieron obligadas a salir uizá empujadas por las emergentes presentadoras de farándula que están devorando el tiempo útil de un noticiero al aire.
Volviendo al tema que me ocupa, la pregunta se hace oportuna: ¿Qué hace a una noticia internacional? ¿Qué hace que tal noticia, además de su contenido, capte la atención de un público y que ese público se interese en ella? En otras palabras, ¿a qué se debe el éxito ireconocido de Margarita Rojas como redactora internacional? Todo acontecimiento lleva diseminado un germen dramático que lo eleva a la categoría de noticia; al animal humano le es inevitable escribir su historia a diario. En algún lugar del mundo en un momento alguien toma una decisión y ese acto involucra a la comunidad del mundo. Pero el interés que sucita necesariamente debe pasar por el filtro de los consejos de redacción y en ese tránsito tal o cual suceso es susceptible de ser falseado en su tratamiento. No hace falta ser un gurú en Comunicación Social para percatarlo: basta contener un juicio claro o el discernimiento entrenado. Tampoco quiero desconocer el hecho de que Margarita, con todo y su talento, esté supeditada a un consejo de redacción, pero la diferencia entre quien se sujeta al consejo y quien puede prescindir de él llegado el caso es manifiesta: mientras un periodista cualquiera aborda el conflicto palestino con la frialdad formalista de un maestresala (y de esos se plagan los noticieros) Margarita Rojas, sin ser pretenciosa, pone en evidencia que ese conflicto avejentado por la historia y desgajado por las bombas de alguna forma misteriosa se emparenta con nuestra situación y, por ende, no podemos pasarlo por alto porque participamos de sus consacuencias. Y, sin embargo, logra lo que un periodista amordazado a las directrices de un consejo de redacción es incapaz de hacer: interesarnos en el escenario mundial y preocuparnos en carne viva por lo que pasa allende nuestras fronteras políticas. Y lo logra, paradójicamente, gracias al tono de su voz. El tono que Margarita Rojas le imprime a su voz cuando relata la noticia internacional nos dice: "aquí, en este momento, se está escribiendo la historia" , una hazaña sólo equiparable a la ya colosal Diana Uribe y su Historia del Mundo.
Hay cosas que la academia no enseña y que un consejo no puede exigir. Con Margarita Rojas, esa verdad se arroga un prestigio insospechado. Muchos medios, tanto nacionales como internacionales, hicieron amplios reportajes minuto a minuto sobre la liberación de Clara Rojas y Consuelo de Perdomo, pero sólo uno fue digerible. Sin caer en lagarterías inútiles, además de innecesarias, este artículo le da a Margarita un lugar que más adelante con justicia le será ofrecido porque el talento, como el amor, todo lo vence. Entretanto, es pensable que seguirá su labro discreta como reportera internacional hasta que alguien la descubra y de esa manera sea reivindicada. ¿Será necesario ver a Margarita en las agencias de noticias más prestigiosas de alcance global para decir aquí, en Colombia, "ciertamente, era una buena mujer"?...

viernes, 11 de enero de 2008

MEMORIAS QUE SE RECUPERAN

Contrario a la opinión general, nuestro defecto como nación no consiste en la desmemoria sino el descreimiento; no concuerdo con Ingrid Betancourt cuando en su prueba de supervivencia (un video casero hartamente divulgado los últimos días que usan para promocionar el especial periodístico titulado Colombia Viva y que pretende hacernos recordar lo que quisiéramos nunca hubiera sucedido) se lamenta de que a los colombianos se nos haya endurecido el corazón. Ni lo uno ni lo otro: las multitudinarias marchas que se han llevado a cabo no sLlo en Bogotá sino a lo largo y ancho del territorio nacional clamándole a la guerrilla la liberación de los secuestrados son muestra irrefutable de una solidaridad que difícilmente nos excluye de su calamitosa situación. La memoria periodística de los principales sucesos de los últimos veinticinco años, además de cumplir su objetivo -llevarnos a la recordación- nos da algunas luces para entender un poco esa actitud defensiva que consiste en ignorar hasta donde sea posible las consecuencias de una violencia histórica que se inició en los campos, se nutrió en los odios partidistas de mediados de siglo y terminó por convertirse en el más condenable terrorismo que hoy nos flagela. Incluso uno alcanza a comprender (pero nuinca a justificar, claro está) la profunda desconfianza que las guerrillas de las FARC y el ELN le guardan a la clase gubernamental. Dos ejemplos son suficientes. Sobre el exterminio de la Unión Patriótica nadie se ha pronunciado: los asesinatos permanecen en la impunidad y la investigación sobre ellos (si acaso está en curso) se encuentra enfangada en los juzgaods o sepultada bajo mamotretos de expedientes. Por otro lado, el proceso de paz que llevó a la desmovilización del M-19 -proceso que culminó en la fundación del partido político AD-M19, movimiento que poco a poco fue despedazado porasesinos de ultraderecha- la única garantía que les ofrece es el incumplimiento por parte de gobiernos pasados de lo pactado y su posterior exterminio, que nadie se ocuparía en esclarecer, siquiera en investigar.
El último cuarto de siglo de historia colombiana ha sido escrita con sangre: de héroes, de mártires o simples víctimas anónimas del conflicto. Cinco períodos presidenciales -desde Belisario Betancourt hasta Andrés Pastrana- aportaron poco o nada a la pacificación del conflicto; contribuyeron, en cambio, a agravarlo. Por eso no es fortuito que mi generació se muestre reacia a la política; menos aún lo es la actitud aparentemente indiferente hacia los flagelos del secuestro y el terrorismo. Hemos sido solidarios con los rehenes y sus familias al llenar plazas vistiiéndolas de blanco con pañuelos y pancartas como para que hoy se nos tache de indolentes. Hemos hecho lo humanamente posible para su liberación, hemos hecho lo qeu nos corresponde como ciudadanos y como seres human0s que comparten una tragedia común, nos hemos pronunciado de mil maneras y expresado en todas las manifestaciones habidas y por haber. Y habiendo agotado las posibilidades, nos resta esperar lo que puedan hacer nuestros representantes democráticamente elegidos.
Si bien es cierto que el legado de los últimos presidentes no ha sido tan grato, también lo es que tal increencia y tal desconfianza se ha rescindido con el actual gobierno. Alvaro Uribe Vélez ha salvado de un saldo negativo la historia política más reciente: fue él quien nos devolvió la confianza perdida gracias a su férrea actitud hacia las guerrillas y a su bien organizado sistema gubernamental que, literalmente y sin caer en desaforados optimismos, le ha dado un rumbo al país. El presidente Uribe se ha inscrito en la historia colombiana con tinta imperecedera, además de su reelcción, por instaurar un orden que recibió en entredicho. En ese momento a las puertas de un fracasado proceso de paz, los candidatos presidenciales tuvieron que capitular ante las FARC su eventual elección acordando continuar un diálogo ambiguo que se dilató por muchos años, pero sólo Uribe Vélez rotundamente se negó a firmar papeles con la guerrilla. Con eso se ganó mi repeto y mi voto, y no sólo el mío, sino el de millones de colombianos que no vacilaríamos en reelegirlo de nuevo. Fue en ese instante, cuando el entonces candidato definió sin ambages lo que sería la médula de su proyecto de gobierno, la política de Seguridad Democrática, donde el descreimiento típico del colombiano común y corriente se transformó en convicción cercana al fanatismo. La memoria de veinticinco años atrás, lejos de decepcionarnos, nos llena de renovados ánimos para continuar con un clamor que hasta ahora comienza a rendir sus frutos más apreciables: hace unas horas, con gran despliegue periodístico tanto nacional como internacional, Clara Rojas y Consuelo Gonzalez de Perdomo fueron liberadas. El corazón endurecido al que Ingrid Betancourt se refiere, cuando sea liberada, verá que se ha reblandecido gracias a un gobierno "de mano firme y corazón grande"que, esperamos, se lance a un nuevo periodo presidencial. Con Uribe, hoy más que nunca...

sábado, 5 de enero de 2008

SETECIENTAS LETRAS

Sólo la absoluta semejanza de setecientas letras de un código genético es lo que se nacesita para garantizar la buena voluntad que se disputan hombro a hombro el gobierno colombiano y la guerrilla y sus simpatizantes. Un niño guarda en su naturaleza la credibilidad que al gobierno tanto le ha costado defender y a la guerrilla tanto le ha costado recabar frente a la comunidad internacional.
El presidente Uribe excepcionalmente se jugó su prestigio ante el mundo cuando hace días reveló la probabilidad de que Emmanuel no estuviera secuestrado sino en un hogar de paso del Estado. Y eso ya hace dos años. La guerrilla, a través de sus voceros internacionales, negaron tal posibilidad arguyendo que, en efecto, ellos tenían al niño y que el gobierno, con tales argucias, estaría orquestando la existencia de dos Emmanuel. Así las cosas, la cuota de credibilidad de ambos bandos está sobre el tapete: sólo se precisa una prueba genética para desmentir a uno y ratificar a otro. Pero, a diferencia de lo que se piensa, la prueba es lo de menos: hay quienes dicen que, al no practicarse en la madre secuestrada, la confiabilidad no es del cien por ciento y, por tanto, cabe el beneficio de la duda. Lo verdaderamente importante es que hay un niño en el universo que es el hijo de Clara Rojas, que está en algún lugar de Colombia -ya sea en la espesura de la selva o en un hogar de paso- y que ese niño le dará o al gobierno o a la guerrilla, la confianza de hablar con la verdad.
Dejemos atrás cualquier tipo de coincidencia que se pretenda tejer con relación al niño y las circunstancias del cautiverio y olvidemos las casualidades fortuitas de la entrega en lancha de un crío maltrecho por las enfermedades tropicales porque todo ello puede caer en una inocente muestra de ingenuidad si la ciencia genética dictamina un resultado negativo. Ante una prueba de semejante seriedad (y es bien sabido que nadie en sus cabales puede siquiera controvertir lo que es un hecho científico) no caben alegatos ni demagogias: incluso Chávez reconoció que, si Uribe tenía razón, la guerrilla se vería obligada a rendir declaraciones, principalmente, frente a sus simpatizantes. Y en el supuesto de que el niño sea Emmanuel, la ciencia genética no sólo corroboraría su identidad sino también, de paso y sin quererlo realmente, evidenciará la crueldad con que los grupos armados ilegales operan en Colombia: Emmanuel fue entregado a un campesino que ya mantenía una camada de siete niños y su salud estaba tan seriamente comprometida que fue obligado por su conciencia paterna a llevarlo al hospital. Y en el hospital los médicos, espantados, tuvieron que remitirlo a la capital porque no disponían de los elementos ni los medicamenteos para tratarlo adecuadamente. Los informes médicos fueron leídos el mismo día que Uribe anunciaba su posibel identidad y apenas era concebible el horror que nos causó.
Esa crueldad de la guerrilla con los secuestrados -en los que no difieren si son adultos o niños- es la que aún permanece en la penumbra para una parte considerable del mundo, parte que simpatiza con su "causa" y que incluso vende gorras y camisetas para financiarla. Los países del resto del mundo están enseñados a ver desde la frivolidad del cine comercial hollywoodense la situación de terrorismo y narcotráfico que signa la historia colombiana sin sentir por ello la menor aflicción. Pero aquí es donde ponemos los muertos, aquí donde estallan las bombas y aquí donde consolamos las madres que esperan un video o una carta de sus familiares secuestrados. El gobierno del presidente Uribe se ha empeñado, por todos los medios, en denunciar tales atrocidades al tanto que la guerrilla, haciendo uso de sus contactos, hace lo propio desmintiendo las acusaciones. Uno y otro litigio ha interesado al mundo atrayendo tanto colaboradores como detractores. Sólo un hecho concreto, como el de Emmanuel y su deplorable trato en los inicios de su vida, ere necesario para que ese mundo a la luz de la evidencia tome una decisión y sin más consentimientos exija de la guerrilla la sinceridad de un diálogo de paz o una muestra final de su decisión bélica.
¿Quién tiene la razón: el Estado o la guerrilla? El que tenga a Emmanual, ese tiene la razón.

jueves, 3 de enero de 2008

WELCOME TO THE JUNGLE

¿A qué diablos vino Oliver Stone a Colombia? ¿Es gratuito que Chávez se haya hecho acompañar de un productor de cine en la comodidad de su avión presidencial? ¿Tiene credibilidad o al menos es admisible el escueto pretexto que se eslabonó para justificar su presencia,que era "hacer un documental"? Con Oliver Stone en Colombia nuestra tragedia vergonzosamente adquiere un carácter comercial gracias a las gestiones para nada altruistas de un presidente que ama las cámaras tanto como a sí mismo. En el aeropuerto de Villavicencio y ante noticieros nacionales y extreanjeros lucía con satisfacción su uniforme militar preso en un donaire que quisiera evocar la campaña libertadora y a él como libertador. Los tantos helicópteros, los muchos aviones y el nutrido grupo de veedores internacionales presagiaban que, lejos de ser una operación cualquiera, la operación que Chavez insistió en llamar transparencia y aquí insistimos, con un dejo de dramatismo, en llamar Emmanuel trascendería las barreras de lo formal y se convertiría en un evento digno de las cámaras. Y así pudo haber sido, si la guerrilla no deja al presidente venezolano literalmente con los crespos hechos, como ya lo había dejado en Francia cuando no pudo presentar las pruebas de supervivencia que dijo que llevaría.
Ese espectáculo se veía venir desde el momento en que desglosó en una rueda de prensa los pormenores de la operación: con su particular gracia caribeña y haciendo gala de su habilidad militar rayó los mapas con flechas, nombres y cruces haciendo creer a la opinión internacional que él es el hombre escogido para obrar el milagro que aquí a lo largo de un siglo no hemos podido lograr. Pero lo del productor gringo fue una sorpresa. Estoy seguro que nadie se lo esperaba. No se equivocó quien comparó el operativo de la fallida liberación con un reality donde el único concursante estaba vestido de militar y los grandes dignatarios veedores del proceso se prestaron sin saberlo como público presencial. Todo estaba montado: un helicóptero grabaría con las cámaras de Oliver Stone el evento cinematográfico de la liberación y Chávez, en el papel protagónico, sería ese libertador tan ansiado tantos años en la asfixiante jungla colombiana. Pero no pudo celebrar de esa manera porque no contaba con que la guerrilla, a punta de excusas traídas de los cabellos y que sólo se creyeron ellos, lo fuera a dejar plantado.
La guerrilla, al querer desagraviar a Chávez, le inflingió el peor de los agravios... por segunda vez. Y el agravio para Chávez no consiste en que no se hayan entregado a los secuestrados sino en no haber podido publicitarse ante el mundo como el Bolívar de los últimos tiempos que se pretende. Nosotros no tenemos la frialdad de corazón, aunque sí razones válidas, para impedir su actuación en el escenario humanitario: de haberse opuesto el gobierno, habría quedado ante la opinión internacional como el único responsable del cautiverio de los rehenes y, por ende, como el único obstáculo de la paz. Y eso ya es un costo político demasiado grande para ser asumido. Tuvimos que transigir con el reality de Chávez -con productor de cine y todo-, tuvimos que ceder a las exigencias de una guerrilla que con cada acto terrorista y cada declaración clandestina pierde la poca credibilidad que le queda, incluso tuvimos que ver la escena desde la lejanía (Uribe, según dijo, no fue a Villavicencio a recibir la comitiva temiendo que su presencia entorpeciera la operación) y todo esto con el único objeto de tener a Clara Rojas, a Consuelo de Perdomo y a Emmanuel de vuelta. Lamentablemente la buena fe no coronó esta vez el proceso y los cautivos siguen secuestrados. Incluso está por probarse la identidad de Emmanuel.
En este escenario es inevitable la pregunta: si para liberar a tres Oliver Stone vino, ¿tendrá que venir la crema y nata hollywoodense para que se liberen los cientos de secuestradosque todavía la selva húmeda oculta?...

sábado, 29 de diciembre de 2007

CELEBRACION DE FIN DE AÑO

Se acabó el año, pero no el mundo.
En el país del Sagrado Corazón no son raros los optimismos obsesivos ni los pesimismos excesivos. Apenas se ha finiquitado el incremento para el salario mínimo para el 2008 y ya hay quienes se atreven a echar cábalas sobre lo que harán con el aumento. Según las estadísticas, poco más de cuatro millones de obreros dependen de ese incremento para evaluar su capacidad de endeudamiento o su resistencia a la escasez del metálico. Nadie sabe para quién trabaja: el año que se va fue ciertamente venturoso para los banqueros, los industriales y los empresarios (sus utilidades se cuantifican en miles de millones) aunque no lo fue tanto para los trabajadores, sus empleados. Los dueños de las máquinas se resisten a repartir las ganancias de su ejercicio contable y la ingente masa de operarios que pervive con el salario mínimo apenas tiene algo de poder adquisitivo. Sin embargo, los noticieros no se cansan de anunciar que los créditos con la banca se duplicaron y que la gente está comprando más que en el mismo periodo del año pasado. !Incipit tragoedia!.
Es esa gente la que me interesa, sobretodo en estas festividades que a todos nos tocan. Me interesa saber cómo son sus celebraciones, cómo consiguen ese autoengaño consentido de saberse el engranaje más incipiente de la productividad empresarial y sin embargo brindar con sus próximos sin mayores resentimientos. Uno va por las calles y es inevitable toparse con efervescentes saludos navideños que invitan, con cierta dosis de ironía, a "olvidar las penas". Siempre tienen un motivo para celebrar: sea un cumpleaños o un velorio, los etílicos son el más sincero acompañante de sus fanfarrias. Por eso la navidad y cuanta fiesta se señale en los almanaques se celebra mejor en el sur. En el ignoto y olvidado sur.
Al son de la música arrabalera, al tintineo de las botellas que se chocan en clara señal de concordia, los menos favorecidos son los que celebran con más hervor acaso porque sospechan sin confesarlo que no hay para su estrato socioeconómico redención posible en el reino de los hombres. Y la evidencia de tal axioma la encuentran cada fín de año cuando se los pone sobre la mesa de negociación como juguete y como pretexto: todos quieren lo mejor para ellos, pero sin ellos. Se busca -y el gobierno pone especial énfasis en tal premisa- favorecerlos de alguna manera, pero ese "de alguna manera" se les presenta como una muestra inexcusable de generosidad de los empresarios. Y, como es de esperarse, el empresario siempre tiene la razón.
Dígase lo que se diga (y no importa cuántas voces optimistas me repliquen) la situación es irreparable y las gentes comunes se han resignado a su suerete. ¿Qué queda? Celebrar, celebrar y celebrar hasta cuando se haya olvidado el motivo de la celebración. No bastan las marchas, no bastan las centrales obreras que se empeñaron en defender un aumento absurdo (dislate similar al del año pasado, que gracias a la torpeza de sus dirigentes, se pelearon entre ellos mismos y el aumento se fijó por decreto en un porcentaje que, según reconocieron los mismos empresarios, pudo haber sido mayor) no bastan las proyecciones del año próximo que prometen un desarrollo económico sostenible... si ya se hizo lo que era constitucionalmente hacer y no se logró nada, si el aumento por segundo año consecutivo se dio por decreto y tampoco el gobierno se mostró generoso, lo que queda es celebrar con brutalidad animal que año tras año tendremos que pasar por lo mismo aunque estemos condenados a ser menos felices y más productivos...

sábado, 22 de diciembre de 2007

FARANDULA DE NOVENA

Al Canal Caracol, al monstruo televisivo, le sale más barato comprar a Jorge Barón para que presente la ya tradicional fiesta de fin de año (que, entre otras cosas, exitosamente el empresario fundó hace muchos años llamándola fiesta de los hogares colombianos) que competir en sintonëa con él; de igual manera, a Jorge Barón le sale más rentable aceptar la compra que obtener una victoria pírrica. En la televisión, así funcionan los negocios. El otro monstruo, el Canal RCN, no actúa diferente: para ganarse unos punticos de rating ha saturado sus transmisiones navideñas con los rostros más hermosos de su nómina en notas caritativas que llaman más a la vanidad que a la conmiseración. Así, vemos a Carolina Cuervo visitando los niños menos afortunados, a Gristina Hurtado repartiendo regalos a diestra y siniestra y a Laura Acuña abrazando gente sin ton ni son. Todo -y ellos lo saben- funciona de acuerdo a las doctrinas mercantiles, a la irreductible ley de oferta-demanda, a quién pueda vender y quién quiera comprar y su sabiduría consiste en mantenerse vigentes, jóvenes y frescos en el imaginario del populacho porque es esa masa innúmera de televidentes el primer garante de su estabilidad laboral y el pasto de su fama. Y no hay mejor vitrina para los actores, modelos y cantantes que la navidad. Resulta extraño que, como se estilaba en años anteriores, la novena de aguinaldos no sea transmitida desde plazas y oarques acomunando muchedumbres ni sea la prioridad de los productores, pero una cosa compensa la otra: en su lugar, en la sección de entretenimiento de los noticieros, estamos obligados a presenciar sus cinematográficas muestras de humanidad en fundaciones o barrios marginales. Eso genera admiración, y la admiración simpatía, y la simpatía del público es la mejor carta de recomendación que pueden presentar para ser contratados en la próxima superproducción del canal. Incluso RCN tiene entre sus empleados a un cura cuya actuación incomparable le ha granjeado tantos admiradores fanatizados por su carisma ante la cámara que se hace imposible solicitarle servicios parroquiales como la confesión auricular o una singular eucaristía. Tiene tanto que hacer -y su hacer necesariamente se acompaña de una cámara- que su agenda está copada por los compromisos contractuales con el canal. Esta vez, Cristo, los mercaderes se han tomado el templo y ni siquiera tu látigo sublime será suficiente para expulsarlos.
Es difícol precisar con certeza si uno de esos histriones se mantendría firme en el ejercicio de su filantropía si la lente no los enfocara; es casi imposible confiar en sus buenas intenciones porque irremediablemente se mueven con una segunda intención que poco es buena o es buena sólo atendiendo al estado de sus contratos actorales para el año que viene. Apenas se puede pensar si los acusa un desinterés auténtico porque la naturaleza de sus carreras es actuar. Como cualquier colombiano del común, tienen que hacer hasta lo imposible para asegurarse el sustento, así tengan que parecer buenas gentes para lograrlo. Sobretodo en un medio tan competido como la industria televisiva, donde a medida que pasa el tiempo lo de menos es el talento y lo que más importa es la belleza y las buenas curvas, su actitud no debe ser condenable. Lo condenable se presenta cuando pretenden vendernos como auténtica su faceta humanitaria cuando es bien sabido que todo forma parte del espectáculo, incluso ellos mismos. Es una hipótesis que apenas me atrevo a esbozar ignorando si acaso encuentre adeptos: quítenle a sus buenas obras las luces, la escenografía y las tan amadas cámaras y verán cuántos altruistas continuarán con sus oficios de buena voluntad. Nosotros -los que aceptamos sin prejuicio alguno cómo se transan los negocios de la vida- apenas sonreimos ante su temeraria pretensión: el anonimato es su demonio más aterrador y son incapaces de hacer algo sin que medio mundo lo sepa.
Sin embargo, el comercio continúa. La navidad seguirá siendo el negocio más rentable no sólo para quien vende o compra, sino para quien se vende a sí mismo como una imagen, como una marca, como una mercancía. La novena de aguinaldos, en tanto haya quién la rece, encontrará sin mayor esfuerzo histriones que se promocionen en ella al recitar la consideración del día o canturrear uno que otro villancico para el deleite del respetable público. Por eso no resulta para nada estrambótico que se deseen unos a otros con grandes muestras de afecto la felíz navidad y el próspero año ya que, sin duda, el año que entra para ellos ciertamente será próspero...

miércoles, 19 de diciembre de 2007

LA BOGOTA DE LA FANTASIA

Por la Autopista Sur, más o menos hasta el elegante y decoroso barrio Villa del Río, pasa La ruta de la fantasía. Y, efectivamente, llega hasta ahí: allende sus calles comienza esa otra Bogotá innombrable que no tiene ninguna ensoñación de fantasía y todo se vuelve bardamente real. Los noticieros la revelan en todo su iluminado esplendor, es el destino turístico que pretende venderse al mundo y pasear por ella sólo cuesta veinte mil pesos a bordo de un bus de dos pisos. Por esos billetes uno puede conocer todo lo grato de la capital en la época decembrina. Un lindo espectáculo, sin lugar a dudas. Es una perogrullada fijar sus estaciones: abre la aventura inolvidable el ya famoso parque de la noventa y tres donde el distrito, como todos los años, no escatimó en bombillos y metros de cable de cobre de instalación. Sigue, si no estoy errado, el parque El Virrey; luego el parque Nacional y todo el recorrido lo acompañan centenares de bombillas enceguecedoras que convierten la fría noche bogotana en un lugar propicio para distraer la familia. La séptima, la calle que en el mundo y en la literatura definen a Bogotá como la ciudad capital, por estos días se trransforma en un río humano y el sainete se hace perfecto cuando un hombre común, fascinado por el halógeno y la pirotecnia que incendia el cielo, concluye que Bogotá es una ciudad digna de vivirse.
¿Para quién es la ruta de la fantasía ? ¿Para quién se arregla Bogotá en la navidad? ¿Para el disfrute de quién son los alumbrados y el espectáculo de la pólvora? El empleado medio, aquel que asegura la navidad al poner al alcance del gran público la mercancía que se regalan unos a otros, tiene que resignarse a ver la ruta desde la óptica falseada de la televisión sin albergar mayores resentimientos. Por esta época su trabajo se duplica y acepta gustoso la sobrecarga laboral porque eso le asegura un ingreso extra que en meses anteriores no lograría. También tiene hijos, también tiene familia, pero su gesto cuando salmodia el "felíz navidad y próspero año nuevo" es totalmente distinto al del resto de sus paisanos: el suyo revela cierta renunciada resignación que debe simularse porque es mucho lo que está en juego. Aunque vive también en Bogotá, su ciudad es realmente distinta a la que anuncian los folletos turísticos. Su ciudad es la Bogotá profunda donde lo bonito se pone en entredicho y se prefiere ignorarla o apenas insinuarla en una conversación. Es en estos eventos donde uno constata el insalvable abismo que hace diferencia entre unos y otros; es en navidad donde se revela no sin cierta dosis de patetismo la existencia de una ciudad dentro de otra ciudad. La de la gran mayoría (la Bogotá profunda, la Bogotá de los linderos, la construida a las faldas de las inciertas lomas) no concede licencias poéticas ni evocaciones líricas a esa otra Bogotá (la bonita, la que fue escalafonada al lado de Londres como destino turístico, la del paseo, la presentable) que pretende con su silencio borrarla. De ahí -aunque no se diga expresamente- que la ruta de la fantasía sea exclusiva: llega hasta donde se corre el riesgo de conocerse su cara fea. No deja de ser curioso que la pólvora se haya prohibido cuando se hace atractivo ver la fastuosidad con que se quema en tanto se avanza en la ruta.
Me es inevitable en estas líneas la nostalgia de la diferencia. Es un contentillo repulsivo la pretensión distrital de incorporar a la ruta sectores como El Tintal o el mismo Villa del Río y pasear por ellos como en un safari. La gente de los buses -que ni en el más alucinado de sus sueños se atrevería a bajar de la setenta y dos- lo ve todo con ojos descubridores. Y al tanto que transitan por esa jungla abigarrada del sur sienten cierto alivio hipócrita al no pertenecer a ella y se regocijan con fruición por su buena estrella. Para ellos la ruta es, también, un ejercicio pedagógico: los que ven a través de los cristales es una clara advertencia sobre los consecuencias de la falta de empleo o la mala educación. Y pienso: "Qué distantes estamos unos cachacos de otros"...

martes, 11 de diciembre de 2007

BUSCANDO A INGRID

El gesto de Ingrid Betancourt no es referible en palabras: basta con observar su prueba de supervivencia para que todo aquel que se sienta libre de pecado y sin parte de culpa por los setenta u ochenta años de violancia en Colombia deje el confort de su indiferencia y de alguna manera se vea en Ingrid comno en un espejo. No es temerario decir que en su imagen desoladora estamos todos contenidos -la sociedad en general- con una diferencia elemental: ella y los secuestrados de manera infame han tenido que cargar con la culpa nacional del terrorismo mientras nosotros inútilmente nos enfrascamos en debates partidistas sobre la conveniencia de una zona de despeje o el enfangado Acuerdo Humanitario. Lejos esté de mí juzgar a nuestros representantes democráticamente elegidos, lejos de mí condenar sus errores o alabar sus aciertos, pero la verdad está sobre el tapete: los secuestrados sufren en carne viva las consecuencias de la dilación.
Más allá de lo que se ha dicho, más allá del tan mentado Intercambio Humanitario -que ya no representa ningún aliciente para quienes literalmente se están pudriendo en las entrañas de la selva húmeda- lo primero es buscar a Ingrid en sus textos , en lo que su carta dramática dice expresamente y lo que omite sin ir más allá. Su carta acaso no sea más que la expresión del pueblo colombiano que por décadas también ha tenido que vivir entre cadenas arrastrando una incontable sucesión de eslabones que en ella son desdeñable hierro y en nosotros una compleja tramazón de reveses y desavenencias históricas. Por eso es apenas concebible el tono angustiante que destila entre líneas: cinco años de cautiverio mellan la voluntad más robusta como la gota que horada la piedra. Cuando le escribe a su mamá "... aquí estoy escribiéndote mi alma tendida sobre este papel" la metáfora deja de ser literaria y podemos constatar la terrible veracidad de sus palabras al seguir la lectura. Escribe con el alma porque de otro modo es difícol poner en claro lo que se quiere dejar en claro. Y se deja en claro, sin luigar a dudas, que no ha sido fácil su injustificado calvario y que no sólo de pan vive el hombre. En medio de la espesura, del follaje selvático, implora por un diccionario enciclopédico para "mantener viva la curiosidad intelectual" pero acaso no sea más que una ingeniosa treta para pretender que el tiempo no transcurra tan miserablemente. Lo reconoce líneas más adelante: "Como te decía, la vida aquí no es vida, es un desperdicio lúgubre de tiempo. Vivo o sobrevivo..."
No sólo a mí, sino también a muchos que vimos el video, nos costó reconocerla. Nos acostumbramos a verla en plena lid con la rabia en el corazón tratando de cambiar un país. En el congreso, en los distintos escenarios donde le dieran un micrófono, allí le afloraba su rabia y peroraba contra lo que creía estaba mal. En Colombia todo está mal: su tarea, por tanto era ardua. Lo fue entonces y lo es ahora. No imaginaba que sería víctima de tal maldad. Y, más aún, que experimentaría en su ser concreto extremadamente sensible lo irreparable de su país. Sin embargo, incluso el infierno tiene instantes de dicha, así sean fugaces. Su dicha consiste en los recuerdos, esa clase de vida prestada que como narcótico nos absuelve del sufrimiento. La carta está llena de recuerdos: de sus hijos (a los que aconseja estudiar por un mundo en el que "hasta para respirar se necesitan credenciales") de su madre y de su esposo. Pero tales recuerdos encierran un germen de tristeza, esa tristeza desabrida de lo que no será más. Recuerdos ue, como escribe Sartre, son como monedas de oro en la bolsa del diablo: cuando uno las mira sólo encuentra hojas secas. Ingrid degustó su desabridez en la lóbrega quietud de la selva y desconcertantemente escribe: "Aquí todo tiene dos caras, la alegría viene y luego el dolor. La felicidad es trsite. El amor alivia y abre nuevas heridas... es vivir y morir de nuevo." Vivir y morir de nuevo. Ese fatigoso ejercicio le exige fuerzas que la humedad y los estruendos guturales de la noche profunda le arrebatan: "aquí vivimos muertos" y, con las fuerzas, se van las esperanzas. El no al que la tienen sometida, además de las cadenas, termina por doblegar su ánimo aunque su dignidad apenas pueda sostenerse. Tiene que contentarse: con un radio viejo y dañado o una sopa cualquiera de arroz y fríjol. Se aferra a las alegrías que tenía para sobrevivir y no caer en la locura. La carta desborda lucidez, la lucidez puesta a prueba en el peor de los escenarios posibles. Y cuando le dan la pluma sin saberlo le ha dado a la Colombia que una vez se empeñó en cambiar la prueba más convincente de su propósito quijotesco: aún en cadenas, aún cuando todo se está perdiendo ( porque al escribir "he intentado mantener las esperanzas" simultáneamente afirma que las está perdiendo) hay que creer en un país que algún día tenga sed de grandeza. Es en este momento de la carta cuando alcanza, a mi juicio, su mayor elocuencia: "Yo aspiro a que algún día tengamos esa sed de grandeza que hace surgri a los pueblos de la nada hacia el sol".
Esta forma de buscar a Ingrid me ha llevado a pensar en ella. Y con su pensamiento la pregunta me asalta: ¿Cuándo, ¡ay de mí! la tendremos de vuelta? ¿A ella y los demás secuestrados?...

miércoles, 5 de diciembre de 2007

NAVIDAD SIN REGALOS NO ES NAVIDAD

Allá, en el norte, los yanquis celebraron con gran pompa lo que el comercio insiste en llamar viernes negro: las pantallas de televisión no transmitían otra imagen que la asonada de compradores desbordando tiendas y supermercados acabando, como una plaga de langostas, con cuanta oferta se cruzara por su camino. En Hong Kong, cientos de kilómetros a la distancia, la situación no fue distinta: los comerciantes adoptaron sin atender las rigurosas disposiciones de su folklore el calendario gregoriano y tuvo tal éxito su pretensión que vieron, a las puertas de sus grandes superficies comerciales, legiones de compradores esperando que el reloj marcara las doce. En China y otros tigres asiáticos el fenómeno se repitió y el mundo entero cayó en la cuenta que, gracias a una alquimia desconcertante, la navidad es una fiesta indiferente al credo y la cultura y no dura un mes, sino dos. En una brillante estrategia publicitaria -la más eficaz, si juzgamos sus resultados- los gringos hicieron las cosas a su imagen y semejenza y pusieron a girar en torno suyo un mundo ávido por vestirse, hablar, comer, incluso comportarse, a lo occidental. Es necesario transigir en sus términos, hay que pensar en inglés, y concebir una empresa bajo los estatutos de la competitividad; incluso nos enseñaron la ciencia mistérica del merchandising donde los yuppies de hoy -petímetres de universidad costosa- ensamblan altisonantes discursos con clichés traidos de los cabellos cuya sofisticación consiste en que saben a América. No es raro, en ese marco económico-cultural, que la sociedad y sus componentes se mire desde las estrechas márgenes de una cuenta "T": como es de esperarse, no se pueden permitir pérdidas en metálico.
El mundo se ha occidentalizado y nosotros con él. Demasiado, diríamos los provincianos de un imperio del que somos enteramente dependientes. Pero tal dependencia no se debe del todo al flujo de remesas o a la inversión de los dólares; se debe a esa paternidad ideológica que nos resistimos a reconocer y, sin embargo, nos determina. Nos es impensable una navidad sin compraventa, incluso no consideramos celebración a aquella donde no se pueda sobornar un sentimiento con los dos pesos de un detalle callejero. El día de la madre, del padre, del niño... se celebra con un regalo, o no se celebra. Y los regalos, claro está, los entrega el bonachón anciano de rojo y blanco, de largas barbas de nieve y mejillas rozagantes que Coca-Cola creó hace mucho, en el norte se llama Santa Clauss y en Latinoamérica Papá Noel. El trae la navidad con los regalos y su eficacia es tan bochornosa que se adelanta casi un mes...

jueves, 22 de noviembre de 2007

EL CASO MONCAYO

Y Moncayo volvió a marchar. Esta vez, su travesía épica tiene por destino las puertas del palacio Miraflores en Caracas en un viaje que con suficiencia dobla el que lo trajo a Bogotá hace algunos meses. Al profesor de provincia le pasó lo que muchos de mis paisanos hace tiempo vienen padeciendo: dejó de creer en la vocinglería de los grupos al margen de la ley y se decidió, mochila al hombro, buscar una solución más humana; esto es, que deendiera en absoluto de él, que estuviera a su alcance. Determinación que ni siquiera en el mismo Comisionado de paz -que devenga honorarios nada exiguos por su labor infructuosa- hemos visto. En un país como el nuestro no es raro ver la herencia de Macondo: sólo a un hombre desesperado, que lleva casi una década en la espera de la liberación de su hijo (liberación enfangada en el sainete de los pasados procesos de paz) se le habría ocurrido que caminando a la capital del país podría lograr alguna diferencia en su caso. La primera semana de su andadura pasó desapercibida, casi ignorada. Acompañado de su hija y en su renco transcurrir sintió cómo las callosidades paulatinamente se tragaban las plantas de sus pies y tuvo que amainar su marcha de hospital en hospital. Entonces -y sólo entonces- llamó la atención de algún periodista buscador de rarezas circenses y le dió voz a su angustia: su objetivo era la plaza de Bolívar y pedir audiencia al presidente sólo para rogar sobre el Acuerdo Humanitario. Las primeras etapas de su ruego delataban el ansia propia de quien se encuentra sin salida; luego, junto con los callos, se robusteció su clamor con la gallardía del que no tiene nada que perder.
Quienes oímos a tal hombre, lo entendimos sin excusas ni dilaciones: la determinación vigorosa de sus palabres y la nobleza raída de su propósito disipó de nosotros cualquier asomo de duda. Alcanzamos a imaginarnos a este prócer moderno de la libertad apostado frente a la Casa de Nariño soportando en su carne las inclemencias del clima bogotano y los engorrosos trámites burocráticos sin otro aliciente que ver, luego de nueve o diez años, el rostro de un ser querido que comienza a borrarse de la memoria. Y es esa obstinación heróica, esa testarudez aguijoneada por la ausencia de un hijo privado de la libertad -libertad que arbitrariamente le fue arrebatada un mal día- lo que provocó la súbita devoción que nos volcó a las calles cuando llegaba a la capital. Su marcha desde el sur nos enseñó lo que la historia hartamente replica y la política se niega reconocer: para hacerse escuchar en un país como el nuestro, para que la voz de uno sea tenida en cuenta y la opinión propia valorada en sus justas dimensiones hay que hacer no pocos sacrificios y ejecutar los actos más admirables, más loables, o que por lo menos, por su exuberancia, captyen la atención de los medios. Si Moncayo no toma la decisión quijotesca de marchar a la capital clamando por la liberación de su hijo, su clamor se habría perdido entre los miles de clamores de quienes sufren su mismo infortunio; si desiste de su empresa y posterga su singular periplo quizá hoy no hablaríamos del Intercambio Humanitario... y aún si Moncayo, una vez que corona su destino, no insiste -quizá torpemente, quizá bruscamente- en su propósito y se obstina, de ser necesario, en sembrarse en la Plaza de Bolívar hasta ver a su hijo, habría pasado a la historia doméstica de la nación como un macondiano más y lo emparentaríamos, años más adelante, con la estirpe centenaria de los Buendía. Y de ser así, aunque hubiera logrado mucho, no habría alcanzado nada: le debemos a ese profesor de provincia lo que nuestros avezados funcionarios en sus años de magistratura no han atisbado siquiera a insinuar: puso en la agenda de Europa -y, por extensión, del mundo- como punto relevante el problema del secuestro en Colombia y el tema del Acuerdo Humanitario.
Hoy a Moncayo es imposible ignorarlo: la sociedad internacional tiene sus ojos puestos en él. No es difícil conjeturar que marchará a Venezuela, incluso después de que el gobierno ha reversado la mediación de Chávez. Irá hasta las últimas consecuencias con tal que su proceso arroje un fruto apreciable, así tales consecuencias acaben con él. Moncayo no es más que la resultante de nuestra situación histórica que por setenta años de violencia nos ha condicionado. La pregunta se hace, entonces, terriblemente desoladora: ¿cuántos caminantes por la paz ha menester?...

domingo, 18 de noviembre de 2007

¿REINADO NACIONAL?...

Moraleja: no hay tragedia tan vehemente ni desastre lo suficientemente lamentable como para frenar la realización del Concurso Nacional de la Belleza. Así como ocurrió hace una veintena de años atrás, igualmente volvió a suceder: ni la toma del Palacio de Justicia ni Armero pudieron detener el rentable comercio que unos cuantos fraguan en nombre de una nación. Para Raimundo Angulo, ninguna de las desgracias nacionales fue, es y, por lo visto, será, argumento suficiente para postergar el sainete en traje de baño y bordado en lentejuelas que año tras año, aprovechando el aniversario de La Heróica, nos ha obligado a soportar. Para él y los de su especie ni el asesinato de los diputados secuestrados ni las tragedias invernales de los últimos meses (tragedias que suceden en su vecindario, muy cerca suyo) son razones válidas para dejar de celebrar su trillado certamen que, a la sazón, invade por once días los titulares de las noticias.
Raimundo Angulo -y es un mérito que no podría negársele- por luengos años ha montado un mecanismo de reloj tan bien concebido alrededor del concurso de belleza que es impensable que otra persona o grupo de personas pueda hacerle parangón: el concurso de barriada paralelo al suyo es apenas una gentil cortesía que le permite al pueblo cartagenero o una inusitada desverguenza de los de abajo que, a la postre, es inevitable. Tiene de político la habilidad manipuladora de congregar una cohorte de lacayos que con sus diseños de moda y su capacidad publicitaria le dan ese aire de prestigio a su negocio, y de comerciante el talento indiscutible de conocer lo que más agrada a un público consumidor preponderantemente masculino: las mujeres. Si es culpable de algo, si acaso se le puede imputar alguna acusación, no es menos culpable que aquel aburrido televidente que posibilita la puesta en escena de las niñas que buscan empleo en el oligopolio televisivo a través de la mejor hoja de vida que podrían presentar: su cuerpo sinuoso ejercitado en gimnasios y moldeado por mano de obra quirúrgica -eso sí- bien pagada. Es él -el televidente- que pide tales entretenciones para pasar el mal sabor de nuestra realidad nacional.
Y es que en Colombia hay un reinado para todo. Ya es perogrullo decir que Colombia es el país de los reinados. Del mango, del aguacate, de la panela... cada cosa tiene su reina y cada vaina, por más insignificante que parezca, eleva su importancia con un reinado. Pero si es cierto que hay tantos reinados, no es menos cierto que hay un público detrás de ellos procurándose la distracción suficiente para olvidar momentáneamente las dificultades que atravesamos. El encanto femenino que muestran los municipios en pasarelas improvisadas, ccomo una exhibición de caballos, es a su vez aprovechado por gamonales que saben, como Raimundo, extraer una ganancia nada despreciable de un espectáculo farandulesco. No es difícil averiguarlo, tampoco lo es ignorarlo: cuantiosas sumas de dinero son transadas por patrocinadores buscando posicionar su producto en el rostro de las candidatas o en sus ojos o en sus uñas y de esa mercadería, además de ellas, sólo unos pocos sacan provecho. Paradójicamente hay un público -los televidentes- que se muestra feliz por sentise parte de algo; ese algo de lo que cree sentirse parte, lo ayuda a sobrellevar los terribles malestares del clima que en carne viva y ante la indiferencia de todos debe padecer. "Que se inunde la casa -piensan- incluso que el río nos arrastre: mientras sirva el televisor todo estará bien".
Hace mucho se dijo que la religión es el opio del pueblo. Y, como los tiempos cambian, es de esperarse que con ellos su opio también. Cabe imaginarse, en ese orden de ideas, a un rescatista de la Defensa Civil en plena lidia con el crecido Magdalena: con una mano -y su cuerpo pendiendo de una soga- jalona a su rescatado y con la otra, muy pegado a la oreja, sostiene un pequeño radio expectante del fallo del jurado por saber quién será la nueva soberana de los colombianos...